sábado, 7 de marzo de 2026


Poner la otra mejilla y la no violencia.

Pues ayer me preguntaron sobre qué pensaba de lo que propone Jesús en los Evangelios de “poner la otra mejilla”. Me voy a la cita de Mateos que dice:

Evangelio de Mateo 5:39 (Reina-Valera 1960): “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”

Y, en el Evangelio de Lucas se dice:

Evangelio de Lucas 6:29 (DHH): “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, déjale que se lleve también tu camisa”.

Aquí el texto es algo más rico, aunque no cambia el sentido profundo de lo que se quiere decir.

Bien, el caso es que, como toda la enseñanza del Nazareno es bastante polémica, para su época y para la nuestra. En última instancia el estado de consciencia de la humanidad, independientemente de que haya habido individualidades, como el mismo Jesús de Nararet, que hayan llegado a estados más ampliados de consciencia; incluso los más elevados, no ha cambiado. Se mantiene en el estado mítico-egoico.

El hombre no ha salido, ni del círculo de la violencia, ni de la venganza, ni de la consciencia de pertenencia, por tanto, de ruptura con el otro y con la naturaleza. Sigue habiendo guerras, por las mismas razones: Poder, e instigadas desde las mismas creencias: división entre yo y el otro, bien y mal, yo estoy en el lado del bien, el otro es el bárbaro, si me hacen algo devuelvo el golpe, ni olvido ni perdono… Es decir, que el mal es el mismo, aunque hayan cambiado las condiciones técnicas. Esto nos lleva, de soslayo, a otro punto interesante y es el del Progreso de la humanidad.

Con lo que acabamos de decir queda claro que el Progreso técnico científico y económico no nos ha hecho avanzar, ni un ápice, en la Historia en lo que a la moral o ética se refiere. Como diría Rousseau, al contrario, el desarrollo o progreso ha aumentado la desigualdad entre los hombres. Y, la tecnociencia, aliada al poder económico y político ha hecho que la violencia sea aún mayor, más despiadada. Aparece, no es que antes no lo hubiese, pero era en menor escala, el genocidio y etnocidio. El exterminio planificado racional y científicamente. El caso es que las bases éticas, las creencias morales que justifican este mal son las mismas que en la época de Jesús de Nazaret.

Por otro lado, hay una cuestión que se discute filológicamente y es qué se entiende en el contexto por poner la otra mejilla. Algunos autores defienden que poner la otra mejilla es darse la vuelta y no seguir con la violencia. En cualquier caso, el resultado es el mismo. Lo que ocurre es que, si interpretamos poner la otra mejilla literalmente, entonces se produce la crítica a la ética que intenta mostrar Jesús, como un victimismo y una apología de permitir el maltrato sin aplicar la Justicia.



Bien, ya se entienda de una u otra forma, la cuestión -y queda claro, por ejemplo, en el episodio de Jesús entrando en el Templo y echando a los mercaderes- lo que Jesús plantea es una revolución ética que, para que cuaje, necesita de otra cosa que debe ir a la par y es, el cambio de conciencia. Si el hombre al que habla Jesús, ya sea, el judío, o a toda la humanidad, no evoluciona en su estado de conciencia, pues seguirá anclado en la venganza y no entenderá nunca el mensaje. Es más, lo considerará, una tontería, un acto idealista, o, como hemos dicho, apología del maltrato. El “poner la otra mejilla” no es nada de esto. Es, simplemente, el ideal (hacia lo cual se aspira que se dirija la acción humana) de la no violencia. Ideal o idea; que, por cierto, es mucho más antigua que el discurso de Jesús, de alguna manera ya está en el Antiguo Testamento cuando se habla del amor al prójimo. Que es, precisamente, con lo que tientan los escribas a Jesús y él responde con su famosa parábola del buen Samaritano, que es, en suma, una consecuencia de la no violencia. El amor, o es universal; y, entonces, el prójimo, no es sólo el “proximus”, sino la humanidad e, incluso, todos los seres sintientes, o no es amor. Es puro interés, es formar un grupo para defenderse de otro. Amor no es identidad nacional, ni patriótica, ni política, ni religiosa… El amor pasa por encima de todo eso y es universal.

Claro, por eso decía que para entender el mensaje de Jesús es necesario un cambio de conciencia. Jesús habla a una inteligencia completa, integral. En la que las emociones y la razón van unidas. Es, como dirá Adela Cortina, una inteligencia cordial (de cor, cores: corazón). La inteligencia, básicamente, es trinitaria, se fundamenta en la emoción y los sentimientos, la inteligencia analítica y lógica y, por último: la intuición. Una inteligencia integral implica que se funciona en la vida desde esos tres puntos o perspectivas unificadas y no separadas. En realidad, la inteligencia es así, la trinidad en la unidad. Ahora bien, culturalmente se pueden potenciar unas partes y eliminar otras. Y en la evolución de la conciencia a lo largo de la historia se van integrando.

Una conciencia ampliada ve desde una inteligencia ampliada o integral y, entonces, el prójimo es el otro, cualquier otro, no el judío, sino el samaritano. Y, por eso esto es una consecuencia del “poner la otra mejilla”. Si el otro es otro como yo, si me veo en la mirada del otro, entonces no podré ejercer la violencia contra él, sí la justicia. Pero ésta llega más tarde. En el momento en el que se sufre una agresión, un agravio, el poner la otra mejilla es el símbolo que utiliza Jesús de lo que en el hinduismo es Ahimsa, la no violencia. Pero, la no violencia no implica dejarse y dejar que maten, violen… Si no, en no responder desde el lado de la violencia. De esta manera, se rompe con la cadena de la violencia, no se cae en el ciclo sin fin que es en el que ahora estamos y nos puede llevar al fin de nuestra especie, como ya lo hemos hecho con muchas otras. Pero esto no es sólo inteligible, la razón analítica es insuficiente: o utilizamos también la razón emocional, cordial y la intuición (saber con certeza que tú eres igual que el otro en esencia: sufres y buscas salir del sufrimiento y buscas la felicidad). Entonces comprendes y vivencias al otro como otro yo: con sentimientos, emociones, amigos, familia, religión grupos comunes, ideales… y, entonces siento su sufrimiento, el infierno que lleva dentro, como lo llevo yo. Es decir, todos llevamos en nuestro interior un desasosiego que es fruto de la lucha entre el bien y el mal en nuestro interior: las pasiones aflictivas y las virtudes. Eso significa que todos seamos iguales. No basta con que se proclame, lo cual es un gran paso, la igualdad en lo exterior; que hace posible la institución de la Justicia universal y la democracia. Si no que de lo que se trata es de que se comprenda, se integre en uno. Y, entonces se entienden las palabras de Jesús. Y se entienden como revolución social, política e individual.



Eso sí, si no se produce el cambio en uno mismo, no se produce en el exterior. Si seguimos siendo vengativos, si vemos en el otro una amenaza, si fomentamos la competencia en lugar de la cooperación, de poco sirve la Justicia. En definitiva, las instituciones que protegen los derechos humanos están formadas por personas.  Pero, si éstas, no han evolucionado en el sentido que hemos dicho, pues acabarán, como vemos por doquier, en corrupción. La guerra entre unos y otros, entre fuertes y débiles, entre naciones, religiones, grupos étnicos, inmigrantes… pues seguirá como vemos hasta ahora.

Ahimsa, la no violencia activa, no pasiva, poner la otra mejilla, es cortar de raíz el bucle, la espiral de violencia que, si no se hace, sigue sin fin hasta el autoexterminio.

Y, para cerrar, también me decían ayer que los filósofos deberíamos aportar algo así como una “receta”, una fórmula una “hoja de ruta”, que dicen ahora, para salir del embrollo en el que nos hemos metido. Bien, la respuesta es doble. Primero, esto no depende ni de los filósofos, ni de los sabios, místicos, científicos… sino, de todos. Ésa es la primera parte; pero, como hemos visto, y es la segunda parte, hace milenios que tenemos “la receta”: el ideal del ahimsa (no violencia activa: Gandhi es un exponente contemporáneo), el amor al prójimo como a uno mismo o el poner la otra mejilla, la parábola del buen samaritano o las Bienaventuranzas (El discurso de la montaña en el evangelio de Mateos); son una buena muestra de que lo que hay que hacer ya se sabe; pero esto requiere una evolución de la conciencia. Y ésta no se ha dado.

Por esta razón, y está íntimamente ligado, el hombre no quiere ser libre, prefiere obedecer y estar tranquilo, “como si” fuese libre, aunque no lo sea, a tener que tomar decisiones, ser libre y tener que construirse y dar sentido a su existencia.

Por eso Dostoievski, en los Hermanos Karamazov pone en boca del Gran Inquisidor (en Sevilla) aquello de que, si Jesús se vuelve a aparecer a la muchedumbre, primero lo aclamarán, pero después, será vilipendiado, acusado, juzgado y ejecutado (como ya pasó, o como pasó también con Sócrates y tantos otros).

Todo porque el hombre no se atreve a ser libre. Y no se atreve, por miedo. Y tiene miedo, porque no nos vemos en el otro, al contrario; lo que vemos en el otro es una amenaza: pobres, inmigrantes, enfermos, débiles como las mujeres, los niños, los ancianos… a todos los tememos y por eso ejercemos la violencia.