martes, 30 de junio de 2026

Base para una ética y política en tiempos más que inciertos.

Hay momentos en los que el silencio deja de ser una ausencia para convertirse en una forma de escucha. Entonces uno descubre que nunca está verdaderamente aislado. Además de las ideas, del diálogo interior y de cuanto aprendemos en la conversación con los demás, en los libros y en la observación del mundo, existe otra forma de comunicación mucho más difícil de nombrar. Podríamos llamarla, provisionalmente, lo sutil.

No sé qué es, pero se siente sin ser cosas ni espíritus desencarnados (eso son intentos de comprender; que, como toda hipótesis es una buena pista). No se puede imaginar porque eso es utilizar nuestras facultades del conocimiento que sirven para una región de la infinitud de todo lo que hay. Para este campo, que diría Sesha.

Lo sutil está ahí, te habla, se comunica de diversas formas de las cuáles uno es inconsciente (presentimos una tormenta, un terremoto, un accidente de un ser querido. Los animales aún más). La comunicación no sólo es nuestro lenguaje, que es impresionante, sino toda la que existe en el universo. La Ciencia ha descubierto parte de ella, pero no sacamos ni sus inmensas consecuencias filosóficas ni para la vida cotidiana.

El principio de no localización presupone la comunicación. Ahora bien, la comunicación presupone la conciencia. Todo es un río de conciencia. La conciencia no tiene que ser autoconsciente como creemos que es la nuestra. Nosotros tenemos cierta consciencia de lo que somos y hacemos; por lo demás, una consciencia creada de retazos de historias que, a su vez, son interpretaciones de supuestos hechos. Todo el trasiego bioquímico que hace mantenernos vivos nos es inconsciente y no tenemos ningún poder sobre él. Eso no nos convierte en máquinas. Ése es un mapa, que sirvió, pero que ya es muy pobre. Pero aún, en cien años no hemos sido capaz de elaborar otro mejor. Sí tenemos conjeturas, pero no una Filosofía primera que pueda asumirlo. Las hay en otras culturas, y se basan en la no dualidad; pero hay que actualizarlas. Y se nos echa encima, de forma arrolladora, el desarrollo tecnocientífico sin una imagen del mundo, salvo la del pragmatismo y utilitarismo en su peor versión neoliberal.

Comprender y amar. Las dos cosas en su sentido más hondo. Comprender en el sentido de aprehender, de integrar e integrarse, porque lo que sabemos nos otorga singularidad, particularidad, pero no sustancialidad separada. Cambiamos en relación con todo lo que hay. Todo cambia y el Ser es cambiar. Y amar en el sentido de ausencia de posesión, de egocentrismo. Aunque hemos conquistado una singularidad; que, para todos los seres, es sujeto de dignidad, también hemos conquistado la igualdad o ecuanimidad y fraternidad con todo lo que hay. Todos los seres, porque todos son sintientes. Todos se comunican, todos son consciencia, puesto que emergen de ella y vuelven o volvemos a ella una y otra vez, siendo distintos y los mismo, no los mismos sustancialmente porque eso no existe. De forma más sencilla, hemos pasado de un yo egocéntrico a un nosotros universal, cósmico, infinito, eterno, sin tiempo, ni espacio.

Y esto es una buena base para pensar una ética y una política en estos tiempos inciertos. Tiempos de desequilibrio, de ignorancia y violencia por el dominio de las pasiones, que es lo más básico, y ni siquiera eso conocemos ni podemos lidiar con ellas. Sentimos, pensamos y actuamos, en el fondo todo es sentir, todo es inteligencia en diversos planos. Y es inteligencia porque la vida, y lo que llamamos no vida, también, es inteligencia, es información. No sólo tenemos que cambiar el mapa, sino las palabras que usamos en el mapa.


 

miércoles, 17 de junio de 2026

Alegría, sufrimiento y gratitud.

En realidad, no existen dicotomías (no hay dualidad, el pensamiento binario y la lógica binaria, aunque sirvan para todo lo que nos rodea, son un mapa de lo real, una orientación, pero no la realidad misma). Todas son producto de nuestro ofuscamiento y oscurecimiento mental. Pero hay dicotomías en las que creemos y eso nos hace mucho daño y causan mucho sufrimiento. Por mencionar una en concreto y que todos tenemos a primera mano es la de la felicidad. Ser feliz o no serlo. Como ésta la tenemos tan a mano es fácil darse cuenta de que la cosa no es tan fácil. Para empezar, no sabemos encontrar la felicidad. La buscamos siempre por el camino erróneo, el deseo, pero éste nos lleva a mayor infelicidad. La felicidad no existe, lo mismo que la infelicidad. Son estados mentales transitorios a menos que uno aprenda a estabilizarlos y la vía del deseo realiza la labor contraria. No hay objeto que te haga feliz, ni sujeto, claro. Que pueden ayudar, por supuesto.

Así que cuando se le dice a uno que sea feliz, pues más que nada se le dice que no tengas demasiadas desgracias en la vida. Porque, de antemano, ya sabemos que todos las vamos a tener, a menos que, logremos la felicidad como un estado mental transitorio, pero que nos dure toda la vida, o lo que nos queda.

Y, cuando se le dice a alguien, “bueno, si tú lo quieres y a ti te hace feliz, pues me alegro y te deseo lo mejor”. Esto está, si no se dice con “inquina”, cargado  de buenas intenciones, pero, en realidad, y que me disculpen los que alguna vez me lo hayan deseado, se lo agradezco de todo corazón, pero yerran el tiro. ¿Por qué?, porque la felicidad, como hemos dicho no es una cosa y no hay un algo (actividad u objeto) que te proporcione la proporcione. Ésta, ya decía antes, es un estado mental. Y tiene que ver con la ausencia de sufrimiento. Ser feliz es no sufrir. Ahora bien, para no sufrir, precisamente, hay que desapegarse de muchas cosas, más bien de todas, pero, bueno.


A mi modo de ver y al de muchos grandes sabios que me han inspirado. Lo mejor es dejar la felicidad porque es un término equívoco y, si acaso, se puede definir negativamente: ausencia de sufrimiento, (que no es poco). Y tomar la Alegría como estado de ánimo. Claro, la alegría, algunos tienen la suerte de haberla recibido como un don, lo mismo que otros son muy buenos en matemáticas… Pero la alegría, al ser absolutamente humana, se puede cultivar y fomentar porque todos tenemos su semilla en nuestra naturaleza. Por ejemplo, lo mejor para estar alegres es el agradecimiento. Y, sobre todo, a lo grande; es decir, a todo y a todos. Si lo limitamos nos iba a costar trabajo, eso viene después, para el que quiera profundizar en su vida… sería más feliz y haría feliz a otros seres vivos. Además del agradecimiento podemos cultivar (cuando hablo de cultivar me refiero a que debemos crear un estado mental. De buenas a primeras no es uno generoso, hay que convencerse de que nos viene muy bien) la generosidad. Surge sola del agradecimiento, pero le añadimos un motivo. Y es que lo que soy, lo soy, gracias a todo y a todos; de lo contrario, ni existiría, o existiría como otro absolutamente distinto. Lo mismo aquel al que ahora mismo critico y no soporto.

En fin, empecemos por lo fácil y cultivemos la alegría de ser, de respirar, de poder movernos, comer, beber, contemplar la naturaleza, escuchar una obra de arte musical o un poema, el correr del agua, el viento y la lluvia contra las ventanas, la profundidad de un libro que nos instruye, nos forma, nos cambia, nos hace más sabios y tolerantes. Los que nos cuidan y los que nos curan o nos enseñan, los que nos protegen de los peligros… Y seamos generosos con todos los que hacen posible todo esto, que es todo el planeta y todos los seres vivos.

La única dicotomía, que no lo es; sería la de ser ignorante o sabio. Pero esto lo dejamos para otro día. Aunque se me ocurre una paradoja: no hay dicotomía porque, entre otras razones más de peso, la ignorancia es imposible; ahora bien, todos somos ignorantes. Y, de paso, por eso sufrimos. ¿Cómo es que somos ignorantes si ésta no existe?

 


 

viernes, 1 de mayo de 2026

 




Habiendo alegría en la vida la hay en la muerte.

Justamente he ido ahora a llevar unas flores a mis padres al cementerio. Pues, justamente, hacía un rato que había comenzado un libro de un español (Oscar Mateo) que trata un aspecto de la muerte, o el proceso del morir en el budismo tibetano que se llama Phowa y que significa: transferencia de consciencia. Por su parte, esta técnica que se realiza durante la muerte, en el momento de morir y durante cuarenta y nueve días después, específicamente, se describe en uno de los libros más importantes del budismo tibetano, cuyo autor fue el yogui Padmasanvava que fue uno de los primeros en llevar el budismo indio al país de las nieves, donde tuvo un desarrollo particular.

Ésta obra es conocida como “El libro tibetano de los muertos” o Bardo Todol (Bardo es como una especie de lugar de paso) en los que hay un acompañamiento al que “muere” antes, durante y después de la muerte. Como toda religión, y el budismo tibetano se las trae con esto, hay mucho ritual y superstición, pero todo montado sobre una base muy sólida.

Independientemente del después de la muerte, para el budismo no existe tal cosa, en el sentido de persistencia del yo, pero sí del continuo mental, de ahí lo de la reencarnación (puede sorprender, pero esto es muy similar a la física contemporánea y las ciencias de la vida como seguidoras de la reina de las ciencias y, también, a Aristóteles que, curiosamente decía que la muerte era un proceso de disolución, luego no hay muerte como un estar y dejar de estar, sino un proceso; eso sí, tras ese proceso la materia (el cuerpo) no puede existir sin la forma (el alma); luego el proceso de morir nos lleva a una desaparición de lo individual en lo universal.

Su maestro, Platón, se removería en la tumba, porque, para él, el cuerpo y el alma son diferentes. El alma es una substancia inmortal y el cuerpo es un accidente que cambia y, por ello, temporal.


El cristianismo, en sus inicios fue platónico (San Agustín), pero cada vez se hizo más aristotélico (la escolástica hasta Tomas de Aquino “Padre Angélicus”), lo máximo que se despacha en el cristianismo; pues tuvo que lidiar con muchos inconvenientes al incorporar a estos dos grandes filósofos y en sus más de quince siglos de dominio universal del pensamiento, pues le dio tiempo de incorporarlos, pulir diferencias y resolver contradicciones. Cuando estas no eran posibles de solución por la vía de la razón o la Filosofía, entonces, para eso estaba la teología rebelada y las convertía en dogmas de fe. Todo este proceso es muy interesante pero ya lo he descrito en muchas de mis obras. Y, sobre todo, en enseñanzas orales (clases, conferencias, programas de radio…).

Así que no hay que asustarse, ni mofarse de los rituales y mitos de ninguna religión, en este caso, del budismo (advierto que no soy ni budista, ni cristiano, ni nada que huela a religión o dogma, incluida la tecnociencia, el transhumanismo, el neoliberalismo, la pseudodemocracia…), cargo con la alargada sombra de Nietzsche y su “muerte de Dios”.

El caso es que, pasando de religión, de persistencia personal después de la muerte, como proceso o lo que sea, nos podemos plantear cuestiones importantes, yo diría que esenciales, cruciales para un buen vivir y un buen morir.

La muerte es cierta, el momento, incierto. Preguntan los budistas: ¿Qué es antes, el mañana o la muerte? La primera respuesta, no la pensada, ésa es igual para todos, define tu vida, tanto la pasada como en la que estás o la que supuestamente ha de venir. También en el budismo Zen hay un Koan, de los primeros, en el que se le pregunta al discípulo: ¿Cuál era tu rostro antes de que naciesen los abuelos de tus abuelos y cuál será después de que mueran los nietos de tus nietos?

Cuando era profesor les preguntaba a mis alumnos: ¿Qué haríais si os quedasen unas semanas o pocos meses de vida? Algunos piensan que hacerse esa pregunta es de pesimistas, amargados, de gente, como los filósofos, que no tienen cosas importantes que hacer. Bien, pues esto es lo más importante que podemos hacer. Lo único importante que puede darle importancia y sentido a todo lo demás. Además, os garantizo, ya seáis: creyentes, ateos, agnósticos o lo que sea…si la resolvemos; que, significa, si hemos vivido con la respuesta ya dada, pues seremos seres felices, dignos, sin miedos, ni apegos, sin parafernalias, sin miedo a salirse del rebaño, felices en el sentido de que quitarse todos esos miedos nos produce un estado de calma, paz, incluso beatitud, si tenemos tendencias un poco artísticas, creadoras o místicas. Así que el hacerse esta pregunta garantiza felicidad y un buen vivir. Pero, es más, garantiza un buen morir. Si uno tras el anuncio, independientemente de que su sensibilidad se agudizase mucho, en lo esencial, sería el mismo y seguiría su vida, porque él y su vida, son una misma cosa. No es que haga cosas para disfrutar o entretenerse, o por un deber abstracto, sino que su hacer es su ser y, por cierto, no tiene nada que ver con su tener. Entonces la muerte, aunque siempre hay un temor a lo desconocido, no va a descolocarlo, la aceptará, tras un proceso de adaptación, pero con facilidad y amor hacia sí y hacia todo, no con rencor, odio, envidia y miedo; porque, en su vida, independientemente de la inmensidad de errores y muchos de ellos han hecho sufrir a los seres queridos, hay una coherencia, un fin, un sentido. Y esto es previo y sirve igual, se sea creyente o no.

No está de más, entonces, la pregunta. Y siempre estamos a tiempo y podremos descubrir otras dimensiones de la vida además de perderle el miedo al vivir y al morir, que viene a ser el mismo. El mañana es seguro que es mañana; pero la muerte, mi muerte, ésa la desconozco y podría ser antes de mañana o dentro de 30 o 20 años…

 



sábado, 7 de marzo de 2026


Poner la otra mejilla y la no violencia.

Pues ayer me preguntaron sobre qué pensaba de lo que propone Jesús en los Evangelios de “poner la otra mejilla”. Me voy a la cita de Mateos que dice:

Evangelio de Mateo 5:39 (Reina-Valera 1960): “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”

Y, en el Evangelio de Lucas se dice:

Evangelio de Lucas 6:29 (DHH): “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, déjale que se lleve también tu camisa”.

Aquí el texto es algo más rico, aunque no cambia el sentido profundo de lo que se quiere decir.

Bien, el caso es que, como toda la enseñanza del Nazareno es bastante polémica, para su época y para la nuestra. En última instancia el estado de consciencia de la humanidad, independientemente de que haya habido individualidades, como el mismo Jesús de Nararet, que hayan llegado a estados más ampliados de consciencia; incluso los más elevados, no ha cambiado. Se mantiene en el estado mítico-egoico.

El hombre no ha salido, ni del círculo de la violencia, ni de la venganza, ni de la consciencia de pertenencia, por tanto, de ruptura con el otro y con la naturaleza. Sigue habiendo guerras, por las mismas razones: Poder, e instigadas desde las mismas creencias: división entre yo y el otro, bien y mal, yo estoy en el lado del bien, el otro es el bárbaro, si me hacen algo devuelvo el golpe, ni olvido ni perdono… Es decir, que el mal es el mismo, aunque hayan cambiado las condiciones técnicas. Esto nos lleva, de soslayo, a otro punto interesante y es el del Progreso de la humanidad.

Con lo que acabamos de decir queda claro que el Progreso técnico científico y económico no nos ha hecho avanzar, ni un ápice, en la Historia en lo que a la moral o ética se refiere. Como diría Rousseau, al contrario, el desarrollo o progreso ha aumentado la desigualdad entre los hombres. Y, la tecnociencia, aliada al poder económico y político ha hecho que la violencia sea aún mayor, más despiadada. Aparece, no es que antes no lo hubiese, pero era en menor escala, el genocidio y etnocidio. El exterminio planificado racional y científicamente. El caso es que las bases éticas, las creencias morales que justifican este mal son las mismas que en la época de Jesús de Nazaret.

Por otro lado, hay una cuestión que se discute filológicamente y es qué se entiende en el contexto por poner la otra mejilla. Algunos autores defienden que poner la otra mejilla es darse la vuelta y no seguir con la violencia. En cualquier caso, el resultado es el mismo. Lo que ocurre es que, si interpretamos poner la otra mejilla literalmente, entonces se produce la crítica a la ética que intenta mostrar Jesús, como un victimismo y una apología de permitir el maltrato sin aplicar la Justicia.



Bien, ya se entienda de una u otra forma, la cuestión -y queda claro, por ejemplo, en el episodio de Jesús entrando en el Templo y echando a los mercaderes- lo que Jesús plantea es una revolución ética que, para que cuaje, necesita de otra cosa que debe ir a la par y es, el cambio de conciencia. Si el hombre al que habla Jesús, ya sea, el judío, o a toda la humanidad, no evoluciona en su estado de conciencia, pues seguirá anclado en la venganza y no entenderá nunca el mensaje. Es más, lo considerará, una tontería, un acto idealista, o, como hemos dicho, apología del maltrato. El “poner la otra mejilla” no es nada de esto. Es, simplemente, el ideal (hacia lo cual se aspira que se dirija la acción humana) de la no violencia. Ideal o idea; que, por cierto, es mucho más antigua que el discurso de Jesús, de alguna manera ya está en el Antiguo Testamento cuando se habla del amor al prójimo. Que es, precisamente, con lo que tientan los escribas a Jesús y él responde con su famosa parábola del buen Samaritano, que es, en suma, una consecuencia de la no violencia. El amor, o es universal; y, entonces, el prójimo, no es sólo el “proximus”, sino la humanidad e, incluso, todos los seres sintientes, o no es amor. Es puro interés, es formar un grupo para defenderse de otro. Amor no es identidad nacional, ni patriótica, ni política, ni religiosa… El amor pasa por encima de todo eso y es universal.

Claro, por eso decía que para entender el mensaje de Jesús es necesario un cambio de conciencia. Jesús habla a una inteligencia completa, integral. En la que las emociones y la razón van unidas. Es, como dirá Adela Cortina, una inteligencia cordial (de cor, cores: corazón). La inteligencia, básicamente, es trinitaria, se fundamenta en la emoción y los sentimientos, la inteligencia analítica y lógica y, por último: la intuición. Una inteligencia integral implica que se funciona en la vida desde esos tres puntos o perspectivas unificadas y no separadas. En realidad, la inteligencia es así, la trinidad en la unidad. Ahora bien, culturalmente se pueden potenciar unas partes y eliminar otras. Y en la evolución de la conciencia a lo largo de la historia se van integrando.

Una conciencia ampliada ve desde una inteligencia ampliada o integral y, entonces, el prójimo es el otro, cualquier otro, no el judío, sino el samaritano. Y, por eso esto es una consecuencia del “poner la otra mejilla”. Si el otro es otro como yo, si me veo en la mirada del otro, entonces no podré ejercer la violencia contra él, sí la justicia. Pero ésta llega más tarde. En el momento en el que se sufre una agresión, un agravio, el poner la otra mejilla es el símbolo que utiliza Jesús de lo que en el hinduismo es Ahimsa, la no violencia. Pero, la no violencia no implica dejarse y dejar que maten, violen… Si no, en no responder desde el lado de la violencia. De esta manera, se rompe con la cadena de la violencia, no se cae en el ciclo sin fin que es en el que ahora estamos y nos puede llevar al fin de nuestra especie, como ya lo hemos hecho con muchas otras. Pero esto no es sólo inteligible, la razón analítica es insuficiente: o utilizamos también la razón emocional, cordial y la intuición (saber con certeza que tú eres igual que el otro en esencia: sufres y buscas salir del sufrimiento y buscas la felicidad). Entonces comprendes y vivencias al otro como otro yo: con sentimientos, emociones, amigos, familia, religión grupos comunes, ideales… y, entonces siento su sufrimiento, el infierno que lleva dentro, como lo llevo yo. Es decir, todos llevamos en nuestro interior un desasosiego que es fruto de la lucha entre el bien y el mal en nuestro interior: las pasiones aflictivas y las virtudes. Eso significa que todos seamos iguales. No basta con que se proclame, lo cual es un gran paso, la igualdad en lo exterior; que hace posible la institución de la Justicia universal y la democracia. Si no que de lo que se trata es de que se comprenda, se integre en uno. Y, entonces se entienden las palabras de Jesús. Y se entienden como revolución social, política e individual.



Eso sí, si no se produce el cambio en uno mismo, no se produce en el exterior. Si seguimos siendo vengativos, si vemos en el otro una amenaza, si fomentamos la competencia en lugar de la cooperación, de poco sirve la Justicia. En definitiva, las instituciones que protegen los derechos humanos están formadas por personas.  Pero, si éstas, no han evolucionado en el sentido que hemos dicho, pues acabarán, como vemos por doquier, en corrupción. La guerra entre unos y otros, entre fuertes y débiles, entre naciones, religiones, grupos étnicos, inmigrantes… pues seguirá como vemos hasta ahora.

Ahimsa, la no violencia activa, no pasiva, poner la otra mejilla, es cortar de raíz el bucle, la espiral de violencia que, si no se hace, sigue sin fin hasta el autoexterminio.

Y, para cerrar, también me decían ayer que los filósofos deberíamos aportar algo así como una “receta”, una fórmula una “hoja de ruta”, que dicen ahora, para salir del embrollo en el que nos hemos metido. Bien, la respuesta es doble. Primero, esto no depende ni de los filósofos, ni de los sabios, místicos, científicos… sino, de todos. Ésa es la primera parte; pero, como hemos visto, y es la segunda parte, hace milenios que tenemos “la receta”: el ideal del ahimsa (no violencia activa: Gandhi es un exponente contemporáneo), el amor al prójimo como a uno mismo o el poner la otra mejilla, la parábola del buen samaritano o las Bienaventuranzas (El discurso de la montaña en el evangelio de Mateos); son una buena muestra de que lo que hay que hacer ya se sabe; pero esto requiere una evolución de la conciencia. Y ésta no se ha dado.

Por esta razón, y está íntimamente ligado, el hombre no quiere ser libre, prefiere obedecer y estar tranquilo, “como si” fuese libre, aunque no lo sea, a tener que tomar decisiones, ser libre y tener que construirse y dar sentido a su existencia.

Por eso Dostoievski, en los Hermanos Karamazov pone en boca del Gran Inquisidor (en Sevilla) aquello de que, si Jesús se vuelve a aparecer a la muchedumbre, primero lo aclamarán, pero después, será vilipendiado, acusado, juzgado y ejecutado (como ya pasó, o como pasó también con Sócrates y tantos otros).

Todo porque el hombre no se atreve a ser libre. Y no se atreve, por miedo. Y tiene miedo, porque no nos vemos en el otro, al contrario; lo que vemos en el otro es una amenaza: pobres, inmigrantes, enfermos, débiles como las mujeres, los niños, los ancianos… a todos los tememos y por eso ejercemos la violencia.

 


 

lunes, 9 de febrero de 2026

 

Mystery Babylon

El Libro Rojo, Liber Novum, y su proyección.

La vida es pasar. La muerte, también. Pero la muerte es el paso de la Unidad meramente formal, estructural, nominal… a los muchos, la pluralidad, diversidad, la singularidad; que, a su vez, son unidades meramente nominales: bacteria, célula,... Lo común a todo ello es que no hay un yo substancial que permanezca. Ese yo es una impresión, una experiencia, una percepción del cambio que es todo lo que hay: la VIDA.

9 de febrero de 2026

Jung, con su Libro Rojo o Novum liber, abre muchos campos. Es un libro objetivo, pero tremendamente subjetivo. Más bien, la objetividad científica surge de la experiencia subjetiva, al límite, que vive Jung. De esta manera se convierte en un libro del que emanan los conceptos objetivos del sistema de la Psicología Analítica, y, por otro lado, se muestra la vivencia que su creador, el médico psiquiatra Jung, tiene internamente, en diálogo con el inconsciente, dirigido por el Self y configurando el yo en el proceso de individuación. Siempre caminando en la cuerda floja de no caer en las profundidades del yo identificado con algún arquetipo o en la escisión con lo humano si vivencia el Yo Soy o Self como única realidad y se separa del ámbito humano. Este libro es una invitación a realizar un proceso de autoconocimiento, que, a su vez, es un conocimiento de la Historia y de la naturaleza humana; pero una invitación que, de ser aceptada, uno debe asumir los riesgos que corre su equilibrio mental.

El encuentro con el Sí Mismo, sin dejar de ser un yo, la Unidad y la pluralidad, la segunda en la primera. Lo que es el proceso de individuación y el encuentro con la sombra, individual y colectiva no son bromas. También es una propuesta de buscar un sentido tras la muerte de Dios que Nietzsche, con gran acierto anunció y nos avisó de lo que se nos avecinaba. Es decir, es un camino psicológico, ético, político y espiritual en el cual el individuo, como universal ser humano, como particular que alberga lo universal, toma sentido de sí y de los conflictos en los que nos encontramos que no son más; o, ni más ni menos, que un nihilismo extremo, un vacío de consciencia, una soledad tremenda llena de dolor y sufrimiento, desasosiego, narcisismo, competitividad, consumo de objetos (virtuales) y de emociones y personas que ya no se consideran como tal, sino como objetos.


Paranoid Erik Vitsoe

Me he dado cuenta, releyendo a Jung y algunos libros sobre Jung, de que hay una propuesta, aunque, a mi modo de ver, él no propone nada, pero de su análisis, podemos encontrar extraer una matriz universal de comprensión de lo subjetivo y lo universal. Y, lo interesante es que se conserva lo singular en lo universal. Y, ambos son procesos, no cosas. No hay nada terminado. Todo está en construcción. Lo que sí tenemos es una estructura, pero dinámica, nunca definitiva. Y esto último es de gran importancia.

Dios ha muerto, pero no tenemos que perder el sentido ni individual, ni colectivamente. Ahora bien, ya no podemos ser sujetos pasivos. Hemos de construirnos psicológica, ética y espiritualmente. Esta construcción, que es un conocimiento de sí, de la psique y su dinamismo, nos cambia y cambia el mundo. Y es integradora, precisamente porque Jung lo va construyendo a través de una integración: la cultura occidental, la ciencia, la medicina y la psiquiatría, la neurología. Pero, también, la mitología de todo el mundo, las diferentes expresiones culturales y su culminación espiritual. De América, África y, sobre todo, Asía, el subcontinente indio, y algo de China, eso sí, lo más importante: el I Ching, y el taoísmo, tanto el filosófico como el alquímico.

Creo que para el occidental es una buena guía, que cada cual recorrería a su manera y que tendría como último fin: lo social o lo político entendido como vida en la Polis. Somos animales sociales y nos construimos a través de las relaciones con los demás. Eso sí, nuestra individualidad y autonomía, nos hace, siguiendo a Kant, que seamos sociablemente insociables y/o la inversa. El equilibrio, que para cual es distinto, el caso es no ser absorbido por ninguno de los extremos, entre la autonomía y la sociabilidad es nuestra salud. Y, nuestra salud es la de la sociedad y a la inversa. La sociedad puede estar enferma, como es el caso: poder arbitrario, ausencia de valores salvo el mercantil, ideologías erróneas y que hacen sufrir y que el Poder transmite porque es su interés, competitividad,…; pero si no sanamos nosotros, simplemente seremos vasallos, siervos voluntarios… La apuesta por nuestra individuación, por enfrentarnos a la sombra… es una vía de autoconocimiento, individual y colectiva a la par, sin dogmas, sin ideologías, dinámica, un proceso siempre dinámico. Pero un proceso de autoliberación y de liberación social. Todo lo que ocurre en el individuo, ocurre en la sociedad; y lo mismo en la dirección contraria.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que, por muy dinámica que sea esta estructuro y este proceso, y que la individuación te lleve a lo universal, a unos de una manera, a otros de otra y que se requiere coraje, valentía, paciencia, ética, disciplina, concentración, meditación y reflexión; es decir, las virtudes clásicas o cardinales; es sólo un mapa, con palabras que son conceptos, ideas. Ni el mapa es lo real, ni las ideas tienen correspondencia. Son la maravilla de la creación humana; pero que, tarde o temprano, también hemos de abandonar.


Plaza de la Comnstitución, Ciudad de Oaxaca. México


jueves, 5 de febrero de 2026

Goya. Paseo del Santo Oficio

Libertad frente a obediencia y servidumbre


Hoy me he levantado obsesionado (más bien una intuición de algo que quiero decir; pero que no es aún ni una imagen, menos un concepto. Sin embargo, hay una idea por debajo, que intuyo y me muestra algo) con Goya y El Gran Inquisidor de Dostoievski.

El tema es la Libertad. Pero, también, que el hombre no la desea, prefiere embrutecerse creyendo ser feliz y es dominado por otros de forma arbitraria; incluso en las llamadas democracias. Como muy bien analiza Chul Han. La libertad es un regalo y, a la vez, un quehacer. Un quehacer que, a algunos, se les convierte en una carga. Prefieren la rutina, obedecer, no decidir y, pensar, que así son felices, pero eso no es felicidad. Ni la felicidad es el objeto de la vida, sino la dignidad. Encima, se confunde felicidad con bienestar a base de tener. Si hablásemos de felicidad en términos de Aristóteles o los estoicos, epicúreos, … entonces sí merecería la pena. Porque, aquí, la felicidad está ligada a la virtud, no al tener, poseer, consumir. El Gran Inquisidor le dice a Jesús al final:

“El hombre no quiere ser libre; quiere ser feliz. Y la libertad lo destruye.”

Es muy paradójico porque, en principio, el Gran Inquisidor también quiere salvar al hombre, pero a la fuerza y haciendo uso del miedo a la libertad que el hombre tiene y a preferir la servidumbre voluntaria: obedecer. Así, el hombre se comportaría como rebaño y sería conducido fácilmente. Pero ¿Qué pasaría si el hombre es libre, si piensa por sí mismo, si exige su dignidad?

El Inquisidor lo deja en libertad y Jesús se despide con un beso en los labios y se marcha. Jesús le ofrece la libertad al mismo Inquisidor.

Esto, no sólo es un dilema en la religión, sino, también, en toda forma de vida social, ética y política humana. Y esto, a mi modo de ver, y por desgracia, explica gran parte del mal en la Historia. La Historia de barbarie y genocidios del siglo XX, la Historia de decadencia, colapso, indiferencia, mirar para otro lado, el todo vale, la posverdad,… de lo que llevamos del siglo XXI. el hombre es hombre-masa y se disuelve en la obediencia líquida, como si no obedeciera a nadie. Se aísla en su narcisismo, se hunde en su nihilismo. Por eso enferma, desea compulsivamente, todo en él es desasosiego (Dukka o sufrimiento). Pero sigue renegando de su libertad, aunque ni lo sepa. Ni piensa por sí mismo, ni si quiera, piensa. Y, sin pensamiento, no hay libertad. Pero, ay, la libertad es tarea, es autoconstrucción. Demasiado costosa. Además, te aísla del grupo, de los que obedecen y se burlan del que piensa. La masa sólo actúa bravuconamente, en tanto que masa, pero se compone de individuos cobardes. Por eso forman un grupo, una masa que obedece consignas y desde ese pedestal se creen libres y seres pensantes. Pero, no, no nos engañemos, el hombre quiere seguridad frente a libertad. Pero, la seguridad, exige obedecer, por eso no se piensa y se obedece. Si pensamos no obedecemos nada que anule nuestra dignidad. Es más, si se piensa, sólo nos obedecemos a nosotros mismos. A una sociedad de hombres libres.

Goya. Saturno devorando a sus hijos.

La cuestión es si seremos capaces de formar una comunidad de hombres libres. Como el hombre no tiene naturaleza fija, no podemos decir que tenga libertad por naturaleza. Más bien lo contrario. El hombre tiene miedo y éste alimenta su instinto de supervivencia y obedece por miedo, declina su libertad por la “seguridad” que se le ofrece. Por eso nos dice Dostoievski:

“Nada ha sido para el hombre más insoportable que la libertad.”

Y, el Gran Inquisidor acusa a Jesús:

“Tú les diste libertad, y con ella les diste un tormento eterno.”

Sin embargo, la iglesia y toda forma de poder ofrece la superstición, el milagro, el misterio-superstición y la autoridad fundada en el miedo. Por eso Dostoievski no habla sólo del cristianismo, ni de la religión en general. Habla del hombre y su naturaleza. De nuestras contradicciones. De la vida, que no es lógica, sino paradójica y que, sin tener solución, tenemos que actuar sin certeza alguna. Y, si somos libres, actuamos según pensamos, pero eso da un poco o mucho miedo. Mejor es obedecer y desentenderse. Es nuestra tendencia. Es, digamos, la entropía moral humana. Por eso el Gran Inquisidor afirma, de forma terrible:

“Ellos se alegrarán de ser conducidos como un rebaño.”

El hombre quiere seguridad y pan. Y, para ello, ha de obedecer. Incluso puede llegar a matar, o hacer la vista gorda, o justificarlo por un supuesto bien común.

Este problema, dilema, paradoja,… lo tenemos ante nuestras narices y, según parece, el Inquisidor acierta y Jesús (y muchos otros) ofrecen la libertad, pero no es acogida (por eso muere, al igual que Sócrates). Hoy obedecemos más que nunca y nos estamos disolviendo en un mundo virtual de deseos narcisistas y ahondando en nuestro sin sentido, nuestro nihilismo.

A lo mejor, se me ocurre, la salida sería tomar consciencia de que somos humanidad: uno en la multiplicidad de lo diferente. Así, en tanto que humanidad sería más fácil ejercer la libertad sin obedecer a ninguna instancia superior. Simplemente, a lo que somos en tanto que seres vivos, psicológicos, biográficos, humanos, en comunidad y unidad con el resto de la tierra y, en última instancia, del universo, del cual somos producto y autoconsciencia.



 

miércoles, 4 de febrero de 2026


El vacío humano

Así es. Lipovestky lo vio muy claro y muy bien. Lo que es el sinsentido después de la muerte de Dios. La razón como diosa. Pero una razón reduccionista, mecanicista, cientificista, mercantilizada… Todo ello convierte al hombre en objeto, en bien de uso, intercambiable, indiferenciable. El hombre se siente vacío De todas formas, nada sale de la nada. Eso se venía ya diciendo desde la escuela de Frankfurt (Teoría crítica de la Ilustración. Muy centrada en el arte, Adorno, uno de los principales), desde el existencialismo; sobre todo A. Camus, luego vinieron, en los mismos ochenta, los que querían establecer una filosofía definitiva, como han querido muchos filósofos. Se creó el pensamiento único, que era una sustitución de Dios y una instauración del neoliberalismo y de la superioridad de la civilización Occidental blanca y cristiana. Mi crítica al pensamiento único iba a los cimientos. El pensamiento si es único, no es pensamiento, es dogma. Una verdad inventada como en 1984. El pensamiento es diálogo y disidencia y se dirige contra el poder.

Por otro lado, antropológicamente, el vacío humano, después de la segunda guerra mundial "¿Dónde estaba Dios cuando el genocidio?" se preguntaba un teólogo protestante que fue ajusticiado por el régimen nazi, dio lugar a una ausencia de valores. Ante esa ausencia fue apareciendo el valor del tener sobre el del ser. Se extiende hasta hoy en día; pero hoy el tener, que siempre es inaccesible, se ha vuelto fugaz, casi impalpable, existe más virtualmente que físicamente. El deseo se crea y cuando se empieza a satisfacer físicamente, nos decepciona; porque lo virtual nos parece más real que lo físico. Es lo sensual que tiene un móvil lo que lo hace apetecible. Pero esa sensualidad retórica desaparece rápido físicamente y el mecanismo del deseo emerge de nuevo.

La aceleración del deseo nos hace perder nuestra identidad; porque ya no nos demoramos en el tiempo, al revés, nos lo saltamos. Vivimos proyectados en un futuro virtual que crea realidades que nosotros no podemos seguir y nos produce enfermedad. Simplemente estamos diseñados psicobiológicamente para otra cosa. Correr, andar, trotar, planificar la caza, comer. Sestear a la sombra de un árbol o al abrigo de una cueva. Jugar y reír mucho. No competir con nadie. No existe eso en nuestro cerebro. Demorarse, lo llama Chul Han, Heidegger y los budistas. Uno, paradójicamente, vive en el tiempo, en el presente, cuando se para, cuando contempla, cuando no hace nada...se demora. Va como de puntillas, delicadamente, degustando a través de los sentidos todo lo que le aparece, sin pensar en pasado ni futuro; porque no tienen existencia... Recuperar ese estado es la salvación que tenemos y eso no es cambiar de políticos. Es cambiar nosotros para que todo cambie.