domingo, 29 de septiembre de 2019


“El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe” Diógenes el perro.
Nuestra actitud es generalmente la de estar a la defensiva y la de sentirnos las víctimas. Por ello, al estar a la defensiva juzgamos negativamente a los demás, no estamos abiertos a la totalidad de lo que puedan ser, sino a lo que a nosotros aparentemente nos parecen ser, por eso juzgamos por medio del insulto y así descargamos nuestro sentimiento de culpabilidad. Es decir, que proyectamos la culpa (inseguridad, falta de amor propio) en el otro. De esta manera nos situamos en el rencor y el resentimiento, incluso la envidia y el odio. Porque son estos vicios morales los que llevan al insulto. En cambio, recibir un insulto, a un hombre sabio, no le afecta, puesto que se conoce a sí mismo y no adopta ni el papel de víctima, ni el de vengador. Se conoce y sabe lo que es y no valora en nada el insulto del otro porque sabe que procede de la ignorancia y el vicio moral.
Esta forma de ser: insultar y sentirse herido por el insulto y vengarse es la más natural debido a nuestra debilidad, pero es la que debemos trascender. Y, en el ámbito político, esta forma de ser y actuar se convierte en un espectáculo que la ciudadanía confortablemente observa y anima, como si asistiera a un combate de boxeo. Los políticos, caen en la trampa de su propia vanidad y se crecen en esta dialéctica abandonando todo discurso racional y dejándose caer en las manos del insulto y la barbarie moral, la decadencia. Así se forma una espiral de incomprensión, ignorancia, bajeza moral y agresividad. Un lugar donde el Logos (la razón) ya no tiene cabida. El espectáculo continúa porque se retroalimenta por parte del pueblo que, a su vez, hace inconsciente al propio político. Ninguno sabe que está interpretando un papel.

viernes, 27 de septiembre de 2019


“La sabiduría sirve de freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de adorno a los ricos”. Diógenes el perro.
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La juventud es osada, desconoce el mundo y se desconoce a sí mismo, es atrevida e imprudente, es necia. Cree que lo puede todo, que está por encima de la ley natural, que es eterna e imperecedera. La juventud es petulante y vanidosa. Está llena de vicios tremendos que acarrean grandes desgracias, no quiere decir que no tenga virtudes, que las tiene, claro: el valor, la fuerza, la decisión, el coraje, la claridad, la nobleza… Pero la sabiduría es inalcanzable para la juventud; es más, la pone en su sitio. Y es interesante esta reflexión de hace más de dos mil años para nosotros que vivimos en una sociedad epidérmica, una sociedad de las apariencias que elogia, alaba y ensalza la juventud como una virtud en sí misma, cuando, realmente, la juventud, lo que tiene de bueno, es que es un estado pasajero, porque la juventud, por su imprudencia es un estado muy inconsciente. En cambio, la sabiduría, que está en la arruga, aunque no en todas, es consciencia y, a más sabiduría, más amplitud de consciencia.
A los pobres les sirve de riqueza. La riqueza no es posesión de cosas, sino una forma de estar en el mundo en el que se da la aceptación de lo que es, en la que no hay ni lucha ni escisión. Hay pobres porque hay ricos. Es decir, porque hay desigualdad, poder y propiedad. Pero la sabiduría no es una propiedad por eso es la auténtica riqueza del pobre. Pero tampoco nos solemos encontrar pobres sabios, ni jóvenes, ni viejos, ni ricos. La sabiduría es un bien escaso, raro.
Por su parte, la sabiduría es consuelo para el viejo. Evidentemente, el que haya vivido rectamente y conforme a la virtud se hará sabio con el tiempo, en la vejez, precisamente, cuando ya se han acabado las prisas, cuando lo esencial se ha hecho, cuando sólo queda la aceptación.Ahora bien, el que no vive conforme a la virtud y va aceptando los ciclos propios de la vida llega a la vejez desesperado, renegado y lleno de miedo. Y, la vejez, es deterioro y merma de nuestro ser físico. La sabiduría nos enseña, si hemos ido aprendiéndolo, poco a poco, que todo es perecedero, que la vida es impermanencia, que existe la vejez, la enfermedad y la muerte. En ese sentido, la sabiduría es la más profunda aceptación.
Y, claro, la riqueza es una forma de corrupción. La riqueza se interpone entre lo que pensamos de nosotros y nuestro verdadero ser. Por eso, la sabiduría, en el rico, no es ya sabiduría, es mero artilugio, un adorno más, una posesión, cuando, realmente, la sabiduría no es un objeto que se posee, sino una forma de habitar en el mundo, de ser en el mundo y con el mundo.