“La sabiduría sirve de
freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de
adorno a los ricos”. Diógenes el perro.


La juventud es osada,
desconoce el mundo y se desconoce a sí mismo, es atrevida e imprudente, es
necia. Cree que lo puede todo, que está por encima de la ley natural, que es
eterna e imperecedera. La juventud es petulante y vanidosa. Está llena de
vicios tremendos que acarrean grandes desgracias, no quiere decir que no tenga
virtudes, que las tiene, claro: el valor, la fuerza, la decisión, el coraje, la
claridad, la nobleza… Pero la sabiduría es inalcanzable para la juventud; es
más, la pone en su sitio. Y es interesante esta reflexión de hace más de dos
mil años para nosotros que vivimos en una sociedad epidérmica, una sociedad de
las apariencias que elogia, alaba y ensalza la juventud como una virtud en sí
misma, cuando, realmente, la juventud, lo que tiene de bueno, es que es un
estado pasajero, porque la juventud, por su imprudencia es un estado muy
inconsciente. En cambio, la sabiduría, que está en la arruga, aunque no en
todas, es consciencia y, a más sabiduría, más amplitud de consciencia.
A los pobres les sirve
de riqueza. La riqueza no es posesión de cosas, sino una forma de estar en el
mundo en el que se da la aceptación de lo que es, en la que no hay ni lucha ni
escisión. Hay pobres porque hay ricos. Es decir, porque hay desigualdad, poder
y propiedad. Pero la sabiduría no es una propiedad por eso es la auténtica
riqueza del pobre. Pero tampoco nos solemos encontrar pobres sabios, ni
jóvenes, ni viejos, ni ricos. La sabiduría es un bien escaso, raro.
Por su parte, la
sabiduría es consuelo para el viejo. Evidentemente, el que haya vivido
rectamente y conforme a la virtud se hará sabio con el tiempo, en la vejez,
precisamente, cuando ya se han acabado las prisas, cuando lo esencial se ha
hecho, cuando sólo queda la aceptación.Ahora bien, el que no vive conforme a la
virtud y va aceptando los ciclos propios de la vida llega a la vejez
desesperado, renegado y lleno de miedo. Y, la vejez, es deterioro y merma de
nuestro ser físico. La sabiduría nos enseña, si hemos ido aprendiéndolo, poco a
poco, que todo es perecedero, que la vida es impermanencia, que existe la
vejez, la enfermedad y la muerte. En ese sentido, la sabiduría es la más
profunda aceptación.
Y, claro, la riqueza es
una forma de corrupción. La riqueza se interpone entre lo que pensamos de
nosotros y nuestro verdadero ser. Por eso, la sabiduría, en el rico, no es ya
sabiduría, es mero artilugio, un adorno más, una posesión, cuando, realmente,
la sabiduría no es un objeto que se posee, sino una forma de habitar en el
mundo, de ser en el mundo y con el mundo.
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