“El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo
recibe” Diógenes el perro.
Nuestra actitud es generalmente la de estar a la defensiva y
la de sentirnos las víctimas. Por ello, al estar a la defensiva juzgamos
negativamente a los demás, no estamos abiertos a la totalidad de lo que puedan
ser, sino a lo que a nosotros aparentemente nos parecen ser, por eso juzgamos
por medio del insulto y así descargamos nuestro sentimiento de culpabilidad. Es
decir, que proyectamos la culpa (inseguridad, falta de amor propio) en el otro.
De esta manera nos situamos en el rencor y el resentimiento, incluso la envidia
y el odio. Porque son estos vicios morales los que llevan al insulto. En cambio,
recibir un insulto, a un hombre sabio, no le afecta, puesto que se conoce a sí
mismo y no adopta ni el papel de víctima, ni el de vengador. Se conoce y sabe
lo que es y no valora en nada el insulto del otro porque sabe que procede de la
ignorancia y el vicio moral.
Esta forma de ser: insultar y sentirse herido por el insulto
y vengarse es la más natural debido a nuestra debilidad, pero es la que debemos
trascender. Y, en el ámbito político, esta forma de ser y actuar se convierte
en un espectáculo que la ciudadanía confortablemente observa y anima, como si
asistiera a un combate de boxeo. Los políticos, caen en la trampa de su propia
vanidad y se crecen en esta dialéctica abandonando todo discurso racional y
dejándose caer en las manos del insulto y la barbarie moral, la decadencia. Así
se forma una espiral de incomprensión, ignorancia, bajeza moral y agresividad. Un
lugar donde el Logos (la razón) ya no tiene cabida. El espectáculo continúa porque
se retroalimenta por parte del pueblo que, a su vez, hace inconsciente al
propio político. Ninguno sabe que está interpretando un papel.
