viernes, 12 de enero de 2018

Parte Quinta: Del poder del entendimiento o de la libertad humana.

Entramos ya en el final de la Ética. En el prefacio de esta última parte anuncia que el objetivo es mostrar el camino de la libertad humana o de la felicidad. Como venimos diciendo equipara la libertad con la felicidad. Y esto es así porque la libertad consiste en verse liberado del imperio de las pasiones y cuando eso ocurre triunfa la alegría. Y el camino para esta liberación y consecuente libertad es el del refinamiento del entendimiento, lo cual nos dará más poder sobre nosotros mismos, más autoconocimiento. Y, de nuevo, vemos que el camino de la libertad es el del entendimiento y la razón. Spinoza hace una crítica a Descartes, en la que no vamos a entrar, en esta introducción. De todas formas, el núcleo de la crítica es el dualismo cartesiano. En su tratado de las pasiones se da un enfoque dualista que Spoinoza no comparte porque ni se sigue de la razón, ni hay experiencia de ello. Por el contrario, se remite a su teoría de la única substancia. Si hay una substancia infinita, sólo puede haber una. Lo demás son atributos y modos de esa sustancia. Por ello el hombre es una unidad en sí mismo y una Unidad con la substancia infinita. Pero volvamos a la ética.

“Según están ordenados y concatenados en el alma los pensamientos y las ideas de las cosas, así están ordenadas y concatenadas, correlativamente, las afecciones de las cosas en el cuerpo” Proposición I
Spinoza nos recuerda que el origen de nuestros afectos es lo que pensamos y nuestras ideas. Es decir, la potencia o el poder del alma es el de la razón. Y ésta da lugar a pensamientos e ideas. Pues bien, en una línea muy cognitivista y previamente kantiana, resulta que de nuestras ideas se siguen nuestros afectos y, por supuesto, de los afectos se siguen las acciones. De modo que depende del uso correcto de la razón, que es el que sigue la ley de la naturaleza, tendremos unos afectos que nos lleven al contento y la alegría, por el contrario, al miedo el odio y la tristeza. Por eso Spinoza, siguiendo la línea de Spinoza, y me atrevo a decir, aunque no es el lugar de demostrarlo, sólo de sugerirlo, del Budismo y del Vedanta Advaita, del conocimiento de sí mismo. Es el autoconocimiento de nuestros afectos, la autoindagación de quién somos, guiada por la razón, la que nos puede llevar a la liberación de las pasiones. Porque lo que sucede es que, como hemos dicho sobre todo en el libro III, son las ideas inadecuadas, la ignorancia, por tanto, la que da lugar a la tristeza y el miedo, mientras que las ideas adecuadas proporcionan contento del alma. Así pues, la potencia del alma, que es la razón, es la que nos lleva a la libertad. Y dice algo muy interesante que afecta a la potencia del alma. “En la medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos; o sea, padece menos por causa de ellos. Proposición. VI.
              Esto que nos acaba de decir Spinoza es de vital importancia. La razón debe comprender que lo que Hay está sujeto a la necesidad, es decir, que lo que es, Es, y no puede ser de otra manera. Que a una causa sigue un efecto necesariamente y no puede seguir otro. Por tanto, todo lo que ocurre, ocurre conforme a la necesidad. Pues bien, si llevamos esto al ámbito de los afectos pues nos encontraremos con que el conocimiento de la causa que los provoca nos hará observadores de los mismos y, por ello, nos afectarán menos. Ahora bien, cuando no conocemos la causa de nuestros afectos, nos sentimos implicados en ellos o con ellos, de tal forma que nos identificamos con ellos que nuestro yo se sumerge en el propio afecto y es arrastrado por él. Por eso, la ignorancia nos lleva a las pasiones y las pasiones nos esclavizan. La recta razón (que no es sin corazón, sin contento y alegría), nos permite el conocimiento de la causa de las pasiones. Tal conocimiento nos libera de las mismas y, a través del contento, podemos trascenderlas. Pero esto lo veremos más adelante.
“Mientras no nos dominen afectos contrarios a nuestra naturaleza, tenemos la potestad de ordenar y concatenar las afecciones del cuerpo según el orden propio del entendimiento.” Proposición. X.
Y esto se sigue de lo anterior. La mayor potencia es la del entendimiento o la razón. Si nos dominan afectos que son contrarios a nuestra naturaleza (miedo, odio), entonces es que nuestro conocimiento de los afectos o nuestras ideas son inadecuadas. Pero, la potencia del alma es la que nos permite comprender estos afecto, de forma adecuada, y ordenar nuestro cuerpo según la razón. Y, como ya sabemos, los afectos que surgen del entendimiento son más poderosos que las pasiones, porque, en definitiva, las pasiones, son ideas inadecuadas, ignorancia o un mal uso del entendimiento. Y en el escolio a esta proposición nos indica el método o camino de esta trascendencia. Y lo hace poniendo una serie de ejemplos. La esencia es que nuestro conocimiento de las pasiones nos tiene que llevar a sustituir esa pasión por la virtud contraria. Lógicamente aquí hay dos tareas y las dos son arduas, no es algo fácil lo que nos propone Spinoza. En primer lugar, identificar nuestra pasión y ser capaz de observarla, ver también lo bueno que podemos sacar de ella y, en segundo lugar, imaginar y sentir la virtud contraria que la trasciende, siempre, desde la alegría. Donde no hay alegría no puede haber virtud. Ya digo que es una tarea difícil, por ejemplo, si uno tiene o siente ira, es por un agravio al que ha sido sometido; ahora bien, si nos dejamos arrastrar por la ira nos autodestruimos, aunque la ira también tiene su parte de bien. Ya hemos dicho que no hay bien y mal separados, al contrario, no hay mal sin bien, ni a la inversa. La ira nos lleva a la indignación y ésta, bien guiada, a la búsqueda de justicia por medios pacíficos. Pero, aún así, la indignación guarda en sí cierto rencor y es incapaz de comprender la acción del otro. Al otro sólo lo podemos comprender desde la tolerancia, que no es aguantar, ni soportar, sino ponerse en su lugar, de forma absoluta, no metafórica. Para ello necesitamos reconocer la igualdad de todos los seres y a ellos, a mi modo de ver, nos lleva el amor incondicional. Desde mi punto de vista, la trascendencia de todas las pasiones tiene en la base el amor incondicional y el sentimiento de Unidad que ello conlleva, porque toda pasión tiene también en común, que es escisión.
Y entramos ya en el tema de Dios y nuestra relación con él; y nos dice: “Quien se conoce a sí mismo clara y distintamente, y conoce de igual modo sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se conoce a sí mismo y conoce sus afectos.” Proposición XV. Esto es, que nuestro conocimiento nos lleva al conocimiento de Dios. Y a mayor conocimiento de nosotros mismos y, por ello, mayor potencia de ser, mayor perfección, mayor conocimiento de Dios. Pero es que este conocimiento de Dios, es amor a Dios, y esto es un gran salto. Porque aquí se está equiparando conocimiento de uno mismo con amor a Dios. Y esto es lo místico, el tercer nivel de conocimiento. Conocernos a nosotros mismos, en tanto que somos parte de Dios es amar a Dios y, por ello, amarnos a nosotros mismos. Lo del amor propio que decíamos, como virtud. Conocer es libertad, pero conocernos es amar a Dios, luego el amor a Dios es la libertad. El amor a Dios es lo que nos libera, definitivamente de las pasiones y nos hace vivir desde una visión eterna. Porque es la visión limitada del tiempo, visión psicológica, o idea inadecuada del tiempo, el tiempo, dado que hay una única substancia eterna, no existe, por ello, liberarse es ver desde la eternidad, desde el ahora. No se entienda el ahora como un momento del tiempo, sino, todo lo contrario, como ausencia del tiempo. Y, por eso, añade: “Este amor a Dios debe ocupar el alma en el más alto grado” Proposición XVI. Claro, el amor a Dios es un amor que desborda al alma. Por eso dice que debe ocupar el más alto grado. En principio el amor a Dios no es total, ni absoluto, lo vamos reconociendo a medida que nos vamos conociendo, debemos esforzarnos en su amor paralelamente o, mejor, simultáneamente, a la par que nos conocemos y conocemos el mundo. Este conocimiento se transforma o, es, amor. Y es desde el amor a Dios en su más alto grado como alcanzamos el sentimiento de Unidad, la máxima alegría y la visión desde la substancia de la Eternidad o, desde Dios. La perfección del hombre es su autoconocimiento guiado por la razón que después le lleva a la identificación con Dios o la naturaleza y esto es ya amor. Y este amor es la máxima libertad porque nos permite observar la necesidad de lo que hay en su totalidad. Y cuando observamos la necesidad de lo que hay, aceptamos todo y nos rendimos a la “voluntad” del universo, es decir, a su necesidad. Y, nos dice, “Dios está libre de pasiones: de alegría o tristeza.” Claro, Dios, como el Ser que Es lo es todo y no puede estar afectado por partes, por ello en él no puede haber pasiones. Pero si nosotros nos identificamos con Él estaríamos exento de pasiones. Algo así como la vacuidad y el nirvana budista. El que Spinoza haya tenido o no experiencias mística es algo que no sabemos, lo que sí sugiero es que, bajo el ropaje de una ética demostrada según el orden geométrico nos encontramos con un mensaje místico hacia el que se apunta, del que no se habla, porque no se puede hablar, por dos razones, excederíamos el orden geométrico, aunque algo así hace al dar el salto al tercer nivel del conocimiento, y porque lo místico es inefable.
Por otro lado, el amor a Dios elimina toda posibilidad de odio, incluido a Dios mismo. Nos dice: “Nadie puede odiar a Dios” proposición XVIII. Lógicamente, Dios ni ama, ni odia, pero es la necesidad y, en tanto que parte de Dios, cuando nos reconocemos en él no nos queda más que amarlo. Y aquí encontramos el problema del mal. Se nos puede plantear cómo es posible el mal en el mundo, el odio y la tristeza. Pero la respuesta es bien sencilla, esto no proviene de Dios, Dios no tiene voluntad, simplemente Es. O Es lo que Hay y punto. El odio y la tristeza, como el miedo y demás pasiones se derivan de nuestras ideas inadecuadas. En la medida en que nuestras ideas se van haciendo adecuadas, la escisión ( otra idea inadecuada) desaparece y nos sentimos uno en Dios, no podemos ni odiar ni amar, salvo amar a Dios. Y, si llegamos a amar a Dios, tampoco podemos pedir su amor. Dios, como dije, ni ama ni odia. Es nuestro amor el que se desborda hacia Dios en la Unidad. Por eso nos dice: “Y así podemos concluir que el amor a Dios es el más constante de todos los afectos y que, en cuanto que se refiere al cuerpo, no puede destruirse sino con el cuerpo mismo.”
Y hacia el final se ocupa de la relación entre cuerpo y alma desde la perspectiva de Dios. Y dice: “El alma no puede imaginar nada, ni acordarse de las cosas pretéritas, sino mientras dura el cuerpo.” Es la relación entre alma y cuerpo la que hace que el alma tenga una visión en el tiempo. Ahora bien, una vez que el cuerpo desaparece, lo eterno, el alma, no está sujeta a la visión temporal, sino a la visión divina, ésta es eterna. No podemos evitar el recordar la filosofía de la no dualidad: el vedanta advaita, que nos dice que en nuestro proceso de autoindagación debemos convencernos de que no somos el cuerpo, desimplicarnos de él y que cuando esto ocurre alcanzamos la liberación, es decir, la posibilidad de ver más allá de las formas del tiempo y el espacio que vienen determinadas por el mecanismo mente-cuerpo.
Nos dice Spinoza que “en Dios se da necesariamente una idea que expresa, necesariamente la idea de tal o cual cuerpo humano desde la perspectiva de la eternidad” proposición XXVII. Evidentemente, en Dios se da la idea de cuerpo, pero esa idea, puesto que se da en dios es una idea desde la eternidad. Y por eso continúa en la siguiente proposición “El alma humana no puede destruirse absolutamente con el cuerpo, sino que de ella queda algo que es eterno” proposición XVIII. Pero, claro, aquí es muy importante señalar, y volvemos a coincidir con las filosofías de la no dualidad orientales y con una visión no dual de los evangelios, que eso eterno que queda del alma no tiene nada que ver con lo personal. Para empezar lo personal es escisión, es separación, en segundo lugar, lo personal, lo psicológico y biográfico, no es más que apariencias. O siguiendo el lenguaje spinoziano: ideas inadecuadas. Por eso, lo que hay de eterno en el alma es la razón, que es la esencia de la susbstancia divina, pero, claro, en el tercer grado de conocimiento, como nos ha dicho, esa razón es amor a Dios. Por tanto, lo eterno del alma es lo que coincide con la misma substancia Dios: el amor o la razón, o la necesidad absoluta de la naturaleza. De ahí que diga: “Deus sive natura, natura sive Deus”, Dios o naturaleza, naturaleza o Dios. A lo que podríamos añadir el alma humana en identidad con Dios y la naturaleza. Curiosamente, aunque sólo lo señalo, de aquí se sigue un pensamiento ecologista profundo, que viene a coincidir con el budismo, que es el del amor, por igual, a todos los seres. También se encuentra en los evangelios, que no en el cristianismo, en el que hallamos lo contrario. El amor de la naturaleza, el cuidado de la naturaleza es nuestro propio cuidado y el cuidado y amor de Dios. Por eso es el amor el que puede salvar nuestra civilización. Y ese amor es unidad, somos uno con la naturaleza, como somos uno con Dios, puesto que todo es lo mismo. Pensar en el mundo, o la naturaleza, desde la diferencia, desde la confrontación, es pensar desde la separación, la escisión y ello sólo puede provocar desgracia, sufrimiento y, en las alturas que estamos, autodestrucción. Por eso, el conocimiento de la naturaleza nos acerca al conocimiento de Dios y por eso dice: “Cuanto más conocemos las cosas singulares más conocemos a Dios” proposición XXIV. Ahora bien, cuando no conocemos, nos separamos, nos consideramos superiores, dueños y señores. Es decir, que tenemos una idea inadecuada y, como ya sabemos, las ideas inadecuadas nos traen el sufrimiento. Vidal Peña se empeña en considerar que esta proposición, en lugar de abrir las puertas al misticismo, lo que hace es excluirlo. No voy a entrar en una polémica técnica que, a mi modo de ver, es meramente académica. Sólo quiero señalar que podemos vivenciar esta proposición desde la mística o como experiencia mística. El conocer lo particular, en el ámbito fenoménico, como dice Vidal Peña, no excluye que ese conocimiento, por muy racional que sea, máxime cuando ya el propio Spinoza ha dado el salto al tercer nivel de conocimiento y ha equiparado el conocimiento racional como amor a Dios, nos lleve a una experiencia mística. Recuerdo aquí lo de la Red de Indra en el hinduismo y los fractales, por ejemplo, en la ciencia contemporánea. El conocimiento de la parte me lleva al conocimiento del todo, de forma intuitiva, claro. Pero no hay que olvidar, y eso es lo que hacen los materialistas mecanicistas, que hemos dado un salto en el conocimiento, que estamos en el tercer nivel de la pirámide del conocimiento de la que hablaba San Ambrosio. Y, además, el propio Spinoza viene a decir seguidamente: “Cuanto más apta es el alma para entender las cosas según el tercer género del conocimiento, tanto más desea entenderlas según dicho género.” Proposición XXVI. Es decir, que es la propia alma la que asciende en el conocimiento y prefiere, una vez que llega al conocimiento de la intuición y el amor, permanecer en él, que volver a lo particular: lo racional y empírico. Esto ha sido necesario para acceder al tercer grado del conocimiento de Dios y las cosas, pero no es el conocimiento total, sino parcial. Como dirá después Kant, este nivel es el de conocimiento de objetos, no de la realidad. Por eso Kant también, al final, en la ética, da el paso hacia la fe. Y esto es importante para que lo tengamos en cuenta ahora. La ética no es una ciencia, ni se reduce a ella, ni Spinoza se reduce a neurofisiología, como quiere el neurofisiólogo Antonio Damassio “En la senda de Spinoza”, o a lo que ocurre bioquímicamente en el cerebro. Esto está muy bien, pero es meramente ciencia y, por tanto, trata de objetos, no del Ser. Por eso veo necesario la recuperación, sin complejos, de la metafísica o del pensamiento sobre el Ser. Llevamos cuatro siglos de pensamiento científico totalitario que nos ha uniformado.
Y, claro, cómo no vamos a sugerir una vivencia mística de la ética spinoziana, si él mismo lo dice. Afirma que: “Nace de este tercer género de conocimiento el mayor contento del alma” proposición XXVIII. Es decir, que el tercer grado de conocimiento proporciona el contento del alma, la alegría. No olvidemos cuál es el tercer grado de conocimiento: el amor a Dios. Amor intelectual, si se quiere, porque nace de la razón. Y en la demostración de esta proposición, para ser ya definitivo, nos dice: “La suprema virtud del alma consiste en conocer a Dios…o sea, entender las cosas según el tercer género de conocimiento…y esa virtud es tanto mayor cuanto más conoce el alma las cosas conforme a ese género…De esta suerte, quien conoce las cosas según este género pasa a la suprema perfección humana, y, por consiguiente, resulta afectado por una alegría suprema, acompañada por la idea de sí mismo y de su virtud; por ende…de ese género de conocimiento nace el mayor contento posible.” Creo que ante tal demostración sobran palabras. Salvo las que hay que decir que una interpretación no mística de la ética spinoziana no es más que fruto de la ideología mecanicista imperante desde Descartes para acá. Pero hay que leer la ética, sobretodo el primer capítulo, como una crítica al cartesianismo. Ahora bien, el abrir las puertas al misticismo no es irracionalidad, ni nada por el estilo. La razón es lo eterno del alma y sin razón no conocemos el alma, ni tenemos ideas adecuadas. Sin la razón no llegamos a Dios. Ahora bien, una vez que llegamos a Dios por la razón damos el salto al tercer género de conocimiento, que es el del amor a Dios. Y a la posibilidad del conocimiento de las cosas particulares, no sólo desde la razón (ciencia) sino desde el tercer género del conocimiento (amor), por eso en cada cosa vemos el universo, porque amar algo, es amarlo todo, ya que este tercer género es el del amor desinteresado.
El alma, entonces, en el tercer grado de conocimiento conoce desde la eternidad y se conoce en Dios. Por eso dice:  ”Nuestra alma, en cuanto que se conoce a sí misma y conoce su cuerpo desde la perspectiva de la eternidad; en esa medida posee necesariamente el conocimiento de Dios y sabe que ella es en Dios y se concibe por Dios.” Proposición XXX.
“Nos deleitamos con todo cuanto entendemos según el tercer género de conocimiento, y ese deleite va acompañado por la idea de Dios como causa suya.“ Proposición XXXII. Lo propio del tercer genero del conocimiento es el deleite, no la demostración, aunque ésta sea el paso previo. El deleite del conocimiento de las cosas es inseparable del conocimiento de Dios como causa de todas las cosas. Y, por eso del tercer género de conocimiento brota un amor intelectual de Dios, como afirma en el corolario de esta proposición. Y ese amor intelectual produce una alegría que va acompañada por la idea de Dios. Y el amor que se siente hacia Dios no es el amor a un objeto, algo presente que está ahí, no, es, como dice: “…en cuanto que conocemos que es eterno; a esto es a lo que llamo amor intelectual de Dios.” Y ese amor, como dirá en la siguiente proposición es eterno, como no podría ser de otra forma. Claro es un amor de lo eterno desde lo eterno. Y esto sólo se puede entender si en el tercer género de conocimiento deja de haber sujeto y objeto; es decir, dualidad. La dualidad está en el conocimiento racional, el conocimiento de objetos, pero no en el tercer género, y no es que se de una fusión, sino que hay una identidad. Pero, claro, hay que entender identidad fuera del contexto de los objetos, por eso no podemos considerar a Dios como un objeto, entonces pensar en la identidad es, simplemente, un delirio, un ensanchamiento del ego, es decir, que seguimos en la escisión. El tercer género de conocimiento es amor, apertura, intuición, no identidad de objetos, puesto que no hay objetos. Insisto, los objetos pertenecen a la ciencia. Al segundo grado de conocimiento. El amor intelectual produce el máximo contento y, en cuanto tal, ello conlleva la máxima felicidad y ésta es la máxima perfectibilidad humana.
Claro, mientras que dura el cuerpo el alma está sujeta a las pasiones, por eso ningún amor es eterno salvo el amor intelectual que es el que se da desde la eternidad del alma a la eternidad divina, teniendo en cuenta que en ellos hay una identidad en el sentido que decíamos antes. O dicho en palabras de Spinoza: “El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a sí mismo (infinito, como nos dice en la anterior proposición), no en cuanto que Dios es infinito, sino en la medida en que puede explicarse a través de la esencia del alma humana, considerada desde la perspectiva de la eternidad, es decir, el amor intelectual del alma hacia Dios es una parte del amor infinito con que Dios se ama a sí mismo” proposición XXXVI. En fin, esto puede tener toda la apariencia de racionalidad que se quiera, pero vivenciar esto es una experiencia mística. Pero la experiencia mística es inefable, por ello no se habla de ella. Bastante se dice ya, creo yo. Como dice en el corolario a esta proposición: “…el amor de Dios hacia los hombres y el amor intelectual del alma hacia Dios son una sola y misma cosa.” Y de aquí se concluye en qué consiste la felicidad humana. Por eso sigue en el Escolio: “En virtud de esto, comprendemos claramente en qué consiste nuestra salvación o felicidad; o sea, nuestra libertad; a saber: en un constante y eterno amor a Dios, o sea, en el amor de Dios hacia los hombres. Este amor o felicidad es llamado gloria…” Es decir, que la felicidad está en el amor intelectual a Dios, pero esto es lo mismo que el amor de Dios a los hombres, o el amor hacia los hombres. Porque no puede haber contradicción, no podemos odiar al otro, porque es odio a Dios y eso, como hemos visto, es imposible. Este sería el fundamento del amor al prójimo que conlleva el contento y la felicidad y el mayor estado de Unidad, porque ya no estamos hablando del alma y Dios, sino de todos los hombres, que yo ampliaría a todos los seres, aunque esto Spinoza no lo dice, y Dios.
Y para concluir la Ética y nuestro modesto comentario termina Spinoza con la siguiente Proposición contundente:
“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimir nuestras concupiscencias porque gozamos de ella.” Proposición XLII.


lunes, 8 de enero de 2018

Sabiduría Perenne

Sabiduría Perenne.

Prólogo.

El hombre busca la felicidad, más bien lo que quiere es eliminar el dolor y el sufrimiento, porque la vida es sufrimiento, dolor. La vida es existencia, tiempo; y, en tanto que sea tiempo, es incertidumbre, angustia, desasosiego…dolor y sufrimiento, en suma. La historia del hombre es una huida del dolor, del sufrimiento por medio de creaciones que sustituyan esa incertidumbre, que den sentido a la existencia. Como decía Heidegger, el hombre es un ser para la muerte, por ello nace la angustia, pero, no sólo, la angustia psicológica, sino la metafísica, la que afecta nuestro ser integral. Y el hombre, como digo, a lo largo de los siglos y milenios ha huido del dolor de esa angustia existencial, de saberse un ser limitado en el tiempo, por su muerte, en el momento presente, porque no es capaz de vivirlo, su consciencia de ser limitado, inacabado, cuyo fin es morir y ese es su acabamiento, le ha hecho tejer múltiples teorías, mitos, religiones que llenen ese vacío existencial.

No hay un sentido de la existencia, porque la existencia es una vivencia psicológica, lo que hay son religiones, ideologías, políticas, mitos, filosofías, ciencia, que llenan ese vacío del Ser. Porque es nuestra incapacidad de Ser la que nos proyecta hacia la existencia. La consciencia de la existencia (el tiempo y cuyo límite es nuestra muerte) es la escisión del Ser que somos. El olvido del Ser. La existencia como olvido del Ser. Ahora bien, en lugar de recuperar el Ser, lo que hemos hecho es construir castillos en el aire. Y esos castillos se han convertido en nuestra existencia, en nuestro modo de estar en el mundo, en definitiva, en nuestro engaño y en una paz ilusoria. Una prótesis de felicidad. Todos esos inventos que llamamos cultura pretenden llenar el vacío que sentimos cuando nos instalamos en la existencia, el tiempo (angustia), pero ninguno es real, todos son inventos desesperados por salir del vacío que se nos hace insoportable. Y ese vacío, paradójicamente, es el Ser, lo que hay, la eternidad. Por eso, la felicidad, mejor, ausencia de sufrimiento, es la vuelta al Ser, al Hogar, como el Hijo Pródigo. En ese sentido, cuando hablamos de Despertar, estamos hablando de liberación. La libertad que da el no tener miedo, pero trascender el miedo es ir más allá de todo ese conjunto de creencias que nos atan a la existencia, que nos prometen un mundo feliz, que nos dan una identidad, pero que, en el fondo, no son más que ilusiones. Por eso, la tarea del Despertar es liberarse, es una conquista de la libertad. Pero la libertad da miedo porque nos enfrenta al abismo de la nada, o el Ser, o Dios. Nadie se atreve a mirar el rostro de Dios, o la Nada, o el Tao, lo innombrable, por eso nos atamos a creencias que son un sucedáneo de esa Nada, o ese Todo. Y, por eso, liberarse, es ponerlo todo patas arriba, es realizar una epojé, poner entre paréntesis todo lo aprendido, todo lo que creemos, con firmeza, ser, porque, en realidad, eso no es lo que somos, eso son nuestras costumbres, tan arraigadas que las hemos confundido con nuestro Ser, el Ser olvidado, perdido. Seguimos siendo el Ser, pero somos ignorantes de ello, lo hemos perdido. O hemos perdido el camino de vuelta a casa, al Hogar. El acto de ponerlo todo en cuestión, de someterlo a la duda, pero no intelectual, sino vital, sentida, nos vuelve a nuestro verdadero estado, el de la angustia, a sentir la nada, ya no hay tablas de náufragos a las que sostenerse. Y es de ahí de donde surge nuestro verdadero Ser. Es ahí donde vemos el rostro de Dios, o la Nada (nirvana). Y es ahí donde recobramos el Ser y abandonamos la existencia. Porque, como dije, la existencia es un estado psicológico, una percepción que tenemos sobre nosotros mismos y que hemos ido alimentando a lo largo de milenios con ideologías, religiones, mitos…pero en el fondo no hay nada, salvo el rostro de Dios, o nuestro rostro, el vacío, (Vacuidad).
Pues bien, la filosofía o sabiduría perenne es la que nos enseña a recobrar ese Ser olvidado, es la que nos enseña el camino de vuelta a casa, a descansar en el Hogar, a sentir nuestra completud y plenitud, es a la vez, un camino de vida y la Vida misma. Porque puede ser un proceso por el que tenemos que ir pasando, o puede ser la realización, Libertad, consumada de una vez. Esa filosofía perenne ha pervivido durante siglos en todas las culturas y en la filosofía occidental misma, que luego se intelectualizó. No es un saber estrictamente positivo, sino, más bien es una deconstrucción o un conjunto de herramientas que nos sirven para deconstruirnos y permitir que emerja nuestra propia naturaleza. Es un conjunto de saber eminentemente práctico, que lo pone en cuestión todo, que nos muestra, a las claras, nuestras falsas creencias y nos muestra la desnudez en la que realmente vivimos y que es el mundo. Este camino de sabiduría negativo es necesario para recuperar el Ser perdido y olvidado. Ese es el sentido del sólo sé que no sé nada de Sócrates. Y el mismo que tiene, aquello de Jesús de Nazaret que nos decía que hasta que no volviésemos a ser como niños no entraríamos en el Reino de los Cielos. Claro, el Reino de los Cielos, también es un estado mental, más bien, la ausencia de todo estado mental, la Nada, o Dios, lo mismo da, son nombres, conceptos que no sirven para nada a la hora de hablar de lo inefable. Y, curiosamente, Nietszche, el fustigador del cristianismo, en su gran metáfora del sabio, de la transformación que debe sufrir el hombre para convertirse en superhombre, pues también nos lo recuerda. El final es el niño. Ahora bien, ese niño, no es sólo la inocencia inmediata, eso también nos ocurría en el estado de consciencia mágica, sino, ser consciente de la inocencia y que la inocencia es la Verdad, la Unidad, lo que no es inocencia es juicio sobre el otro, lo que es juzgar, es ego, o egoísmo, es comparación, es escisión. Y lo que es escisión, es sufrimiento. La filosofía perenne nos enseña, en todas las tradiciones, mostrándose de múltiples formas, el camino del desprendimiento, del desaprender, del desapego, de la disolución de las creencias, aunque sea a martillazos, como señalaba el filósofo bigotudo. La metáfora de Nietszche nos viene muy bien. En principio somos como camellos que soportamos en nuestra joroba todo el peso de las creencias, la identidad, el ego. Somos sumisos, esclavos y obedientes. Nuestra existencia es segura, pero anodina, rutinaria y sufriente. Hemos perdido la libertad por la seguridad, pero la seguridad nos impone una pesada carga. Luego nos transformamos en leones y decimos ¡No! Esa es la etapa de poner todo en cuestión y de tomar consciencia del engaño al que hemos sido sometido, pero como autoengaño. Nos damos cuenta que hicimos una elección, la de la pesada carga, el conjunto de creencias e ideas que llenaban el vacío de nuestra existencia. Y entonces es cuando gritamos ¡No!, porque no es eso y filosofamos a martillazos, es la época dolorosa de la transformación en la que vamos perdiendo nuestra identidad, porque ya nada es válido en el mundo interpretado, porque el mundo interpretado no es el mundo, no es el Ser, ni el Todo, es un objeto inventado a nuestra medida, una falsificación y si nos identificamos con él renunciamos a nuestra libertad por una falsa seguridad. Y, más allá de esa segunda transformación, está la última, volverse como niños, pero con todo un camino recorrido. El niño es un creador, crea el sentido del mundo en cada acto, fluye con el mundo porque nace de él, está identificado con el mundo, el Ser, Dios, no hay escisión. Por eso no hay tiempo, sino eternidad. El niño mira desde los ojos de Dios. Pero el niño es el Hijo Pródigo que vuelve a casa, viene enriquecido con la sabiduría, y descansa (Unidad) en el Hogar. Ese es el fin de la escisión y el rostro de Dios (El Padre), todo son metáforas que apuntan a lo inefable. Y ya podemos mirar el rostro de Dios porque somos en Dios, no somos un yo separado y sufriente, vemos desde la eternidad, como nos decía el sabio Spinoza. Y entonces, estamos en el “mundo”, pero no somos del mundo. Y después de toda esta transformación todo sigue siendo igual, pero ya no hay una proyección para intentar dar un sentido, contemplamos lo que hay, Lo que Es, desde la eternidad. Y de ahí emerge la compasión, la alegría, el amor incondicional…y aquí está también la verdadera revolución. Porque la única revolución es la que tiene lugar dentro de nosotros, lo demás no son más que sustituir unas creencias por otras, unas ideologías por otras, en suma, unas ilusiones por otras.
Pues en este librito lo que hago es una incursión en esta filosofía perenne, una incursión a salto de mata, de un lado a otro, de una afirmación a otra, de un comentario a otro, de una filosofía a otra, de una reflexión a otra. Una indagación y autoindagación. Porque el libro es el producto de mi propio camino de autoindagación, de transformación en el sentido que hemos hablado más arriba. Y aquí muestro esos retazos de la sabiduría perenne que he ido analizando y sobre los que he ido caminando, muestro mi reflexión, mi camino, pero no el camino, no hay ni caminos, ni atajos, ni maestros. Cada uno es su maestro. Un maestro nos hace caer en la esclavitud sin el quererlo, nos debemos atrever a caminar solos, caer y levantarse, mirar el abismo, hasta que seamos capaces de dejarnos caer y el miedo sea trascendido. Aquí encontrarán la sabiduría perenne de distintas corrientes y mis propias reflexiones, mi propia deconstrucción. Encontraran un dedo que apunta a la luna, pero deben aprender a mirar a la luna y olvidarse de todo lo demás. Hasta que se olviden de sí mismos. Pero antes de olvidarse de sí mismo tendrán que conocerse y viajar a los abismos de nuestro yo, a nuestra sombra, que decía Jung, a la herida que tenemos abierta y que es la manifestación de nuestra escisión y que se expresa como dolor y sufrimiento. Y cuando se hayan olvidado de sí mismos, entonces vendrá la paz, el vacío y la plenitud, la alegría y la compasión. Y, en el fondo, simplemente, lo que habrán hecho es cambiar de perspectiva. Dejar de mirar desde lo particular, nuestro yo que se cree el centro del universo y mirar desde el todo, desde la substancia eterna, Dios, el Tao, o la Nada…todo eso da igual, no son conceptos de lo que aquí hablamos, sino de vivencias, de sentir…el lenguaje conceptualiza y limita y eso no es de lo que aquí hablamos, por eso sólo señalo, no digo…