Sabiduría Perenne.
Prólogo.
El hombre busca la felicidad, más bien lo que quiere es
eliminar el dolor y el sufrimiento, porque la vida es sufrimiento, dolor. La vida
es existencia, tiempo; y, en tanto que sea tiempo, es incertidumbre, angustia,
desasosiego…dolor y sufrimiento, en suma. La historia del hombre es una huida
del dolor, del sufrimiento por medio de creaciones que sustituyan esa
incertidumbre, que den sentido a la existencia. Como decía Heidegger, el hombre
es un ser para la muerte, por ello nace la angustia, pero, no sólo, la angustia
psicológica, sino la metafísica, la que afecta nuestro ser integral. Y el
hombre, como digo, a lo largo de los siglos y milenios ha huido del dolor de
esa angustia existencial, de saberse un ser limitado en el tiempo, por su
muerte, en el momento presente, porque no es capaz de vivirlo, su consciencia
de ser limitado, inacabado, cuyo fin es morir y ese es su acabamiento, le ha
hecho tejer múltiples teorías, mitos, religiones que llenen ese vacío
existencial.
No hay un sentido de la existencia, porque la existencia es
una vivencia psicológica, lo que hay son religiones, ideologías, políticas,
mitos, filosofías, ciencia, que llenan ese vacío del Ser. Porque es nuestra
incapacidad de Ser la que nos proyecta hacia la existencia. La consciencia de
la existencia (el tiempo y cuyo límite es nuestra muerte) es la escisión del
Ser que somos. El olvido del Ser. La existencia como olvido del Ser. Ahora bien,
en lugar de recuperar el Ser, lo que hemos hecho es construir castillos en el
aire. Y esos castillos se han convertido en nuestra existencia, en nuestro modo
de estar en el mundo, en definitiva, en nuestro engaño y en una paz ilusoria. Una
prótesis de felicidad. Todos esos inventos que llamamos cultura pretenden
llenar el vacío que sentimos cuando nos instalamos en la existencia, el tiempo
(angustia), pero ninguno es real, todos son inventos desesperados por salir del
vacío que se nos hace insoportable. Y ese vacío, paradójicamente, es el Ser, lo
que hay, la eternidad. Por eso, la felicidad, mejor, ausencia de sufrimiento,
es la vuelta al Ser, al Hogar, como el Hijo Pródigo. En ese sentido, cuando
hablamos de Despertar, estamos hablando de liberación. La libertad que da el no
tener miedo, pero trascender el miedo es ir más allá de todo ese conjunto de
creencias que nos atan a la existencia, que nos prometen un mundo feliz, que
nos dan una identidad, pero que, en el fondo, no son más que ilusiones. Por
eso, la tarea del Despertar es liberarse, es una conquista de la libertad. Pero
la libertad da miedo porque nos enfrenta al abismo de la nada, o el Ser, o
Dios. Nadie se atreve a mirar el rostro de Dios, o la Nada, o el Tao, lo
innombrable, por eso nos atamos a creencias que son un sucedáneo de esa Nada, o
ese Todo. Y, por eso, liberarse, es ponerlo todo patas arriba, es realizar una
epojé, poner entre paréntesis todo lo aprendido, todo lo que creemos, con
firmeza, ser, porque, en realidad, eso no es lo que somos, eso son nuestras costumbres,
tan arraigadas que las hemos confundido con nuestro Ser, el Ser olvidado,
perdido. Seguimos siendo el Ser, pero somos ignorantes de ello, lo hemos
perdido. O hemos perdido el camino de vuelta a casa, al Hogar. El acto de
ponerlo todo en cuestión, de someterlo a la duda, pero no intelectual, sino
vital, sentida, nos vuelve a nuestro verdadero estado, el de la angustia, a
sentir la nada, ya no hay tablas de náufragos a las que sostenerse. Y es de ahí
de donde surge nuestro verdadero Ser. Es ahí donde vemos el rostro de Dios, o
la Nada (nirvana). Y es ahí donde recobramos el Ser y abandonamos la
existencia. Porque, como dije, la existencia es un estado psicológico, una
percepción que tenemos sobre nosotros mismos y que hemos ido alimentando a lo
largo de milenios con ideologías, religiones, mitos…pero en el fondo no hay
nada, salvo el rostro de Dios, o nuestro rostro, el vacío, (Vacuidad).
Pues bien, la filosofía o sabiduría perenne es la que nos
enseña a recobrar ese Ser olvidado, es la que nos enseña el camino de vuelta a casa,
a descansar en el Hogar, a sentir nuestra completud y plenitud, es a la vez, un
camino de vida y la Vida misma. Porque puede ser un proceso por el que tenemos
que ir pasando, o puede ser la realización, Libertad, consumada de una vez. Esa
filosofía perenne ha pervivido durante siglos en todas las culturas y en la
filosofía occidental misma, que luego se intelectualizó. No es un saber
estrictamente positivo, sino, más bien es una deconstrucción o un conjunto de
herramientas que nos sirven para deconstruirnos y permitir que emerja nuestra
propia naturaleza. Es un conjunto de saber eminentemente práctico, que lo pone
en cuestión todo, que nos muestra, a las claras, nuestras falsas creencias y
nos muestra la desnudez en la que realmente vivimos y que es el mundo. Este
camino de sabiduría negativo es necesario para recuperar el Ser perdido y
olvidado. Ese es el sentido del sólo sé que no sé nada de Sócrates. Y el mismo
que tiene, aquello de Jesús de Nazaret que nos decía que hasta que no
volviésemos a ser como niños no entraríamos en el Reino de los Cielos. Claro,
el Reino de los Cielos, también es un estado mental, más bien, la ausencia de
todo estado mental, la Nada, o Dios, lo mismo da, son nombres, conceptos que no
sirven para nada a la hora de hablar de lo inefable. Y, curiosamente,
Nietszche, el fustigador del cristianismo, en su gran metáfora del sabio, de la
transformación que debe sufrir el hombre para convertirse en superhombre, pues
también nos lo recuerda. El final es el niño. Ahora bien, ese niño, no es sólo
la inocencia inmediata, eso también nos ocurría en el estado de consciencia
mágica, sino, ser consciente de la inocencia y que la inocencia es la Verdad,
la Unidad, lo que no es inocencia es juicio sobre el otro, lo que es juzgar, es
ego, o egoísmo, es comparación, es escisión. Y lo que es escisión, es
sufrimiento. La filosofía perenne nos enseña, en todas las tradiciones,
mostrándose de múltiples formas, el camino del desprendimiento, del
desaprender, del desapego, de la disolución de las creencias, aunque sea a
martillazos, como señalaba el filósofo bigotudo. La metáfora de Nietszche nos
viene muy bien. En principio somos como camellos que soportamos en nuestra
joroba todo el peso de las creencias, la identidad, el ego. Somos sumisos,
esclavos y obedientes. Nuestra existencia es segura, pero anodina, rutinaria y
sufriente. Hemos perdido la libertad por la seguridad, pero la seguridad nos
impone una pesada carga. Luego nos transformamos en leones y decimos ¡No! Esa
es la etapa de poner todo en cuestión y de tomar consciencia del engaño al que
hemos sido sometido, pero como autoengaño. Nos damos cuenta que hicimos una
elección, la de la pesada carga, el conjunto de creencias e ideas que llenaban
el vacío de nuestra existencia. Y entonces es cuando gritamos ¡No!, porque no
es eso y filosofamos a martillazos, es la época dolorosa de la transformación
en la que vamos perdiendo nuestra identidad, porque ya nada es válido en el
mundo interpretado, porque el mundo interpretado no es el mundo, no es el Ser,
ni el Todo, es un objeto inventado a nuestra medida, una falsificación y si nos
identificamos con él renunciamos a nuestra libertad por una falsa seguridad. Y,
más allá de esa segunda transformación, está la última, volverse como niños,
pero con todo un camino recorrido. El niño es un creador, crea el sentido del
mundo en cada acto, fluye con el mundo porque nace de él, está identificado con
el mundo, el Ser, Dios, no hay escisión. Por eso no hay tiempo, sino eternidad.
El niño mira desde los ojos de Dios. Pero el niño es el Hijo Pródigo que vuelve
a casa, viene enriquecido con la sabiduría, y descansa (Unidad) en el Hogar.
Ese es el fin de la escisión y el rostro de Dios (El Padre), todo son metáforas
que apuntan a lo inefable. Y ya podemos mirar el rostro de Dios porque somos en
Dios, no somos un yo separado y sufriente, vemos desde la eternidad, como nos
decía el sabio Spinoza. Y entonces, estamos en el “mundo”, pero no somos del mundo.
Y después de toda esta transformación todo sigue siendo igual, pero ya no hay
una proyección para intentar dar un sentido, contemplamos lo que hay, Lo que
Es, desde la eternidad. Y de ahí emerge la compasión, la alegría, el amor
incondicional…y aquí está también la verdadera revolución. Porque la única
revolución es la que tiene lugar dentro de nosotros, lo demás no son más que
sustituir unas creencias por otras, unas ideologías por otras, en suma, unas
ilusiones por otras.
Pues en este librito lo que hago es una incursión en esta
filosofía perenne, una incursión a salto de mata, de un lado a otro, de una
afirmación a otra, de un comentario a otro, de una filosofía a otra, de una
reflexión a otra. Una indagación y autoindagación. Porque el libro es el
producto de mi propio camino de autoindagación, de transformación en el sentido
que hemos hablado más arriba. Y aquí muestro esos retazos de la sabiduría
perenne que he ido analizando y sobre los que he ido caminando, muestro mi reflexión,
mi camino, pero no el camino, no hay ni caminos, ni atajos, ni maestros. Cada uno
es su maestro. Un maestro nos hace caer en la esclavitud sin el quererlo, nos
debemos atrever a caminar solos, caer y levantarse, mirar el abismo, hasta que
seamos capaces de dejarnos caer y el miedo sea trascendido. Aquí encontrarán la
sabiduría perenne de distintas corrientes y mis propias reflexiones, mi propia
deconstrucción. Encontraran un dedo que apunta a la luna, pero deben aprender a
mirar a la luna y olvidarse de todo lo demás. Hasta que se olviden de sí
mismos. Pero antes de olvidarse de sí mismo tendrán que conocerse y viajar a
los abismos de nuestro yo, a nuestra sombra, que decía Jung, a la herida que
tenemos abierta y que es la manifestación de nuestra escisión y que se expresa
como dolor y sufrimiento. Y cuando se hayan olvidado de sí mismos, entonces
vendrá la paz, el vacío y la plenitud, la alegría y la compasión. Y, en el
fondo, simplemente, lo que habrán hecho es cambiar de perspectiva. Dejar de
mirar desde lo particular, nuestro yo que se cree el centro del universo y
mirar desde el todo, desde la substancia eterna, Dios, el Tao, o la Nada…todo
eso da igual, no son conceptos de lo que aquí hablamos, sino de vivencias, de
sentir…el lenguaje conceptualiza y limita y eso no es de lo que aquí hablamos,
por eso sólo señalo, no digo…

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