Entramos ya en el final de la Ética. En el prefacio de esta
última parte anuncia que el objetivo es mostrar el camino de la libertad humana
o de la felicidad. Como venimos diciendo equipara la libertad con la felicidad.
Y esto es así porque la libertad consiste en verse liberado del imperio de las
pasiones y cuando eso ocurre triunfa la alegría. Y el camino para esta
liberación y consecuente libertad es el del refinamiento del entendimiento, lo
cual nos dará más poder sobre nosotros mismos, más autoconocimiento. Y, de
nuevo, vemos que el camino de la libertad es el del entendimiento y la razón.
Spinoza hace una crítica a Descartes, en la que no vamos a entrar, en esta
introducción. De todas formas, el núcleo de la crítica es el dualismo
cartesiano. En su tratado de las pasiones se da un enfoque dualista que
Spoinoza no comparte porque ni se sigue de la razón, ni hay experiencia de
ello. Por el contrario, se remite a su teoría de la única substancia. Si hay
una substancia infinita, sólo puede haber una. Lo demás son atributos y modos
de esa sustancia. Por ello el hombre es una unidad en sí mismo y una Unidad con
la substancia infinita. Pero volvamos a la ética.
“Según están ordenados y concatenados en el alma los
pensamientos y las ideas de las cosas, así están ordenadas y concatenadas,
correlativamente, las afecciones de las cosas en el cuerpo” Proposición I
Spinoza nos recuerda que el origen de nuestros afectos es lo
que pensamos y nuestras ideas. Es decir, la potencia o el poder del alma es el
de la razón. Y ésta da lugar a pensamientos e ideas. Pues bien, en una línea
muy cognitivista y previamente kantiana, resulta que de nuestras ideas se
siguen nuestros afectos y, por supuesto, de los afectos se siguen las acciones.
De modo que depende del uso correcto de la razón, que es el que sigue la ley de
la naturaleza, tendremos unos afectos que nos lleven al contento y la alegría,
por el contrario, al miedo el odio y la tristeza. Por eso Spinoza, siguiendo la
línea de Spinoza, y me atrevo a decir, aunque no es el lugar de demostrarlo,
sólo de sugerirlo, del Budismo y del Vedanta Advaita, del conocimiento de sí
mismo. Es el autoconocimiento de nuestros afectos, la autoindagación de quién
somos, guiada por la razón, la que nos puede llevar a la liberación de las
pasiones. Porque lo que sucede es que, como hemos dicho sobre todo en el libro
III, son las ideas inadecuadas, la ignorancia, por tanto, la que da lugar a la
tristeza y el miedo, mientras que las ideas adecuadas proporcionan contento del
alma. Así pues, la potencia del alma, que es la razón, es la que nos lleva a la
libertad. Y dice algo muy interesante que afecta a la potencia del alma. “En la
medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor
poder sobre los afectos; o sea, padece menos por causa de ellos. Proposición.
VI.
Esto que
nos acaba de decir Spinoza es de vital importancia. La razón debe comprender
que lo que Hay está sujeto a la necesidad, es decir, que lo que es, Es, y no
puede ser de otra manera. Que a una causa sigue un efecto necesariamente y no
puede seguir otro. Por tanto, todo lo que ocurre, ocurre conforme a la
necesidad. Pues bien, si llevamos esto al ámbito de los afectos pues nos
encontraremos con que el conocimiento de la causa que los provoca nos hará
observadores de los mismos y, por ello, nos afectarán menos. Ahora bien, cuando
no conocemos la causa de nuestros afectos, nos sentimos implicados en ellos o
con ellos, de tal forma que nos identificamos con ellos que nuestro yo se
sumerge en el propio afecto y es arrastrado por él. Por eso, la ignorancia nos
lleva a las pasiones y las pasiones nos esclavizan. La recta razón (que no es
sin corazón, sin contento y alegría), nos permite el conocimiento de la causa
de las pasiones. Tal conocimiento nos libera de las mismas y, a través del
contento, podemos trascenderlas. Pero esto lo veremos más adelante.
“Mientras no nos dominen afectos contrarios a nuestra
naturaleza, tenemos la potestad de ordenar y concatenar las afecciones del
cuerpo según el orden propio del entendimiento.” Proposición. X.
Y esto se sigue de lo anterior. La mayor potencia es la del
entendimiento o la razón. Si nos dominan afectos que son contrarios a nuestra
naturaleza (miedo, odio), entonces es que nuestro conocimiento de los afectos o
nuestras ideas son inadecuadas. Pero, la potencia del alma es la que nos
permite comprender estos afecto, de forma adecuada, y ordenar nuestro cuerpo
según la razón. Y, como ya sabemos, los afectos que surgen del entendimiento
son más poderosos que las pasiones, porque, en definitiva, las pasiones, son ideas
inadecuadas, ignorancia o un mal uso del entendimiento. Y en el escolio a esta
proposición nos indica el método o camino de esta trascendencia. Y lo hace poniendo
una serie de ejemplos. La esencia es que nuestro conocimiento de las pasiones
nos tiene que llevar a sustituir esa pasión por la virtud contraria.
Lógicamente aquí hay dos tareas y las dos son arduas, no es algo fácil lo que
nos propone Spinoza. En primer lugar, identificar nuestra pasión y ser capaz de
observarla, ver también lo bueno que podemos sacar de ella y, en segundo lugar,
imaginar y sentir la virtud contraria que la trasciende, siempre, desde la
alegría. Donde no hay alegría no puede haber virtud. Ya digo que es una tarea
difícil, por ejemplo, si uno tiene o siente ira, es por un agravio al que ha
sido sometido; ahora bien, si nos dejamos arrastrar por la ira nos
autodestruimos, aunque la ira también tiene su parte de bien. Ya hemos dicho
que no hay bien y mal separados, al contrario, no hay mal sin bien, ni a la
inversa. La ira nos lleva a la indignación y ésta, bien guiada, a la búsqueda
de justicia por medios pacíficos. Pero, aún así, la indignación guarda en sí
cierto rencor y es incapaz de comprender la acción del otro. Al otro sólo lo
podemos comprender desde la tolerancia, que no es aguantar, ni soportar, sino
ponerse en su lugar, de forma absoluta, no metafórica. Para ello necesitamos
reconocer la igualdad de todos los seres y a ellos, a mi modo de ver, nos lleva
el amor incondicional. Desde mi punto de vista, la trascendencia de todas las
pasiones tiene en la base el amor incondicional y el sentimiento de Unidad que
ello conlleva, porque toda pasión tiene también en común, que es escisión.
Y entramos ya en el tema de Dios y nuestra relación con él;
y nos dice: “Quien se conoce a sí mismo clara y distintamente, y conoce de
igual modo sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se conoce a sí mismo
y conoce sus afectos.” Proposición XV. Esto es, que nuestro conocimiento nos
lleva al conocimiento de Dios. Y a mayor conocimiento de nosotros mismos y, por
ello, mayor potencia de ser, mayor perfección, mayor conocimiento de Dios. Pero
es que este conocimiento de Dios, es amor a Dios, y esto es un gran salto.
Porque aquí se está equiparando conocimiento de uno mismo con amor a Dios. Y
esto es lo místico, el tercer nivel de conocimiento. Conocernos a nosotros
mismos, en tanto que somos parte de Dios es amar a Dios y, por ello, amarnos a
nosotros mismos. Lo del amor propio que decíamos, como virtud. Conocer es
libertad, pero conocernos es amar a Dios, luego el amor a Dios es la libertad.
El amor a Dios es lo que nos libera, definitivamente de las pasiones y nos hace
vivir desde una visión eterna. Porque es la visión limitada del tiempo, visión
psicológica, o idea inadecuada del tiempo, el tiempo, dado que hay una única
substancia eterna, no existe, por ello, liberarse es ver desde la eternidad,
desde el ahora. No se entienda el ahora como un momento del tiempo, sino, todo
lo contrario, como ausencia del tiempo. Y, por eso, añade: “Este amor a Dios
debe ocupar el alma en el más alto grado” Proposición XVI. Claro, el amor a
Dios es un amor que desborda al alma. Por eso dice que debe ocupar el más alto
grado. En principio el amor a Dios no es total, ni absoluto, lo vamos
reconociendo a medida que nos vamos conociendo, debemos esforzarnos en su amor
paralelamente o, mejor, simultáneamente, a la par que nos conocemos y conocemos
el mundo. Este conocimiento se transforma o, es, amor. Y es desde el amor a
Dios en su más alto grado como alcanzamos el sentimiento de Unidad, la máxima
alegría y la visión desde la substancia de la Eternidad o, desde Dios. La
perfección del hombre es su autoconocimiento guiado por la razón que después le
lleva a la identificación con Dios o la naturaleza y esto es ya amor. Y este
amor es la máxima libertad porque nos permite observar la necesidad de lo que
hay en su totalidad. Y cuando observamos la necesidad de lo que hay, aceptamos
todo y nos rendimos a la “voluntad” del universo, es decir, a su necesidad. Y,
nos dice, “Dios está libre de pasiones: de alegría o tristeza.” Claro, Dios,
como el Ser que Es lo es todo y no puede estar afectado por partes, por ello en
él no puede haber pasiones. Pero si nosotros nos identificamos con Él
estaríamos exento de pasiones. Algo así como la vacuidad y el nirvana budista.
El que Spinoza haya tenido o no experiencias mística es algo que no sabemos, lo
que sí sugiero es que, bajo el ropaje de una ética demostrada según el orden
geométrico nos encontramos con un mensaje místico hacia el que se apunta, del
que no se habla, porque no se puede hablar, por dos razones, excederíamos el
orden geométrico, aunque algo así hace al dar el salto al tercer nivel del
conocimiento, y porque lo místico es inefable.
Por otro lado, el amor a Dios elimina toda posibilidad de
odio, incluido a Dios mismo. Nos dice: “Nadie puede odiar a Dios” proposición
XVIII. Lógicamente, Dios ni ama, ni odia, pero es la necesidad y, en tanto que
parte de Dios, cuando nos reconocemos en él no nos queda más que amarlo. Y aquí
encontramos el problema del mal. Se nos puede plantear cómo es posible el mal
en el mundo, el odio y la tristeza. Pero la respuesta es bien sencilla, esto no
proviene de Dios, Dios no tiene voluntad, simplemente Es. O Es lo que Hay y
punto. El odio y la tristeza, como el miedo y demás pasiones se derivan de
nuestras ideas inadecuadas. En la medida en que nuestras ideas se van haciendo
adecuadas, la escisión ( otra idea inadecuada) desaparece y nos sentimos uno en
Dios, no podemos ni odiar ni amar, salvo amar a Dios. Y, si llegamos a amar a
Dios, tampoco podemos pedir su amor. Dios, como dije, ni ama ni odia. Es
nuestro amor el que se desborda hacia Dios en la Unidad. Por eso nos dice: “Y
así podemos concluir que el amor a Dios es el más constante de todos los
afectos y que, en cuanto que se refiere al cuerpo, no puede destruirse sino con
el cuerpo mismo.”
Y hacia el final se ocupa de la relación entre cuerpo y alma
desde la perspectiva de Dios. Y dice: “El alma no puede imaginar nada, ni
acordarse de las cosas pretéritas, sino mientras dura el cuerpo.” Es la
relación entre alma y cuerpo la que hace que el alma tenga una visión en el
tiempo. Ahora bien, una vez que el cuerpo desaparece, lo eterno, el alma, no
está sujeta a la visión temporal, sino a la visión divina, ésta es eterna. No
podemos evitar el recordar la filosofía de la no dualidad: el vedanta advaita,
que nos dice que en nuestro proceso de autoindagación debemos convencernos de
que no somos el cuerpo, desimplicarnos de él y que cuando esto ocurre alcanzamos
la liberación, es decir, la posibilidad de ver más allá de las formas del
tiempo y el espacio que vienen determinadas por el mecanismo mente-cuerpo.
Nos dice Spinoza que “en Dios se da necesariamente una idea que
expresa, necesariamente la idea de tal o cual cuerpo humano desde la
perspectiva de la eternidad” proposición XXVII. Evidentemente, en Dios se da la
idea de cuerpo, pero esa idea, puesto que se da en dios es una idea desde la
eternidad. Y por eso continúa en la siguiente proposición “El alma humana no
puede destruirse absolutamente con el cuerpo, sino que de ella queda algo que
es eterno” proposición XVIII. Pero, claro, aquí es muy importante señalar, y
volvemos a coincidir con las filosofías de la no dualidad orientales y con una
visión no dual de los evangelios, que eso eterno que queda del alma no tiene
nada que ver con lo personal. Para empezar lo personal es escisión, es
separación, en segundo lugar, lo personal, lo psicológico y biográfico, no es
más que apariencias. O siguiendo el lenguaje spinoziano: ideas inadecuadas. Por
eso, lo que hay de eterno en el alma es la razón, que es la esencia de la
susbstancia divina, pero, claro, en el tercer grado de conocimiento, como nos
ha dicho, esa razón es amor a Dios. Por tanto, lo eterno del alma es lo que
coincide con la misma substancia Dios: el amor o la razón, o la necesidad
absoluta de la naturaleza. De ahí que diga: “Deus sive natura, natura sive
Deus”, Dios o naturaleza, naturaleza o Dios. A lo que podríamos añadir el alma
humana en identidad con Dios y la naturaleza. Curiosamente, aunque sólo lo
señalo, de aquí se sigue un pensamiento ecologista profundo, que viene a
coincidir con el budismo, que es el del amor, por igual, a todos los seres.
También se encuentra en los evangelios, que no en el cristianismo, en el que
hallamos lo contrario. El amor de la naturaleza, el cuidado de la naturaleza es
nuestro propio cuidado y el cuidado y amor de Dios. Por eso es el amor el que
puede salvar nuestra civilización. Y ese amor es unidad, somos uno con la
naturaleza, como somos uno con Dios, puesto que todo es lo mismo. Pensar en el
mundo, o la naturaleza, desde la diferencia, desde la confrontación, es pensar
desde la separación, la escisión y ello sólo puede provocar desgracia,
sufrimiento y, en las alturas que estamos, autodestrucción. Por eso, el
conocimiento de la naturaleza nos acerca al conocimiento de Dios y por eso
dice: “Cuanto más conocemos las cosas singulares más conocemos a Dios”
proposición XXIV. Ahora bien, cuando no conocemos, nos separamos, nos
consideramos superiores, dueños y señores. Es decir, que tenemos una idea
inadecuada y, como ya sabemos, las ideas inadecuadas nos traen el sufrimiento.
Vidal Peña se empeña en considerar que esta proposición, en lugar de abrir las
puertas al misticismo, lo que hace es excluirlo. No voy a entrar en una
polémica técnica que, a mi modo de ver, es meramente académica. Sólo quiero
señalar que podemos vivenciar esta proposición desde la mística o como
experiencia mística. El conocer lo particular, en el ámbito fenoménico, como
dice Vidal Peña, no excluye que ese conocimiento, por muy racional que sea,
máxime cuando ya el propio Spinoza ha dado el salto al tercer nivel de
conocimiento y ha equiparado el conocimiento racional como amor a Dios, nos
lleve a una experiencia mística. Recuerdo aquí lo de la Red de Indra en el
hinduismo y los fractales, por ejemplo, en la ciencia contemporánea. El
conocimiento de la parte me lleva al conocimiento del todo, de forma intuitiva,
claro. Pero no hay que olvidar, y eso es lo que hacen los materialistas
mecanicistas, que hemos dado un salto en el conocimiento, que estamos en el
tercer nivel de la pirámide del conocimiento de la que hablaba San Ambrosio. Y,
además, el propio Spinoza viene a decir seguidamente: “Cuanto más apta es el
alma para entender las cosas según el tercer género del conocimiento, tanto más
desea entenderlas según dicho género.” Proposición XXVI. Es decir, que es la
propia alma la que asciende en el conocimiento y prefiere, una vez que llega al
conocimiento de la intuición y el amor, permanecer en él, que volver a lo
particular: lo racional y empírico. Esto ha sido necesario para acceder al
tercer grado del conocimiento de Dios y las cosas, pero no es el conocimiento
total, sino parcial. Como dirá después Kant, este nivel es el de conocimiento
de objetos, no de la realidad. Por eso Kant también, al final, en la ética, da
el paso hacia la fe. Y esto es importante para que lo tengamos en cuenta ahora.
La ética no es una ciencia, ni se reduce a ella, ni Spinoza se reduce a
neurofisiología, como quiere el neurofisiólogo Antonio Damassio “En la senda de
Spinoza”, o a lo que ocurre bioquímicamente en el cerebro. Esto está muy bien,
pero es meramente ciencia y, por tanto, trata de objetos, no del Ser. Por eso
veo necesario la recuperación, sin complejos, de la metafísica o del
pensamiento sobre el Ser. Llevamos cuatro siglos de pensamiento científico
totalitario que nos ha uniformado.
Y, claro, cómo no vamos a sugerir una vivencia mística de la
ética spinoziana, si él mismo lo dice. Afirma que: “Nace de este tercer género
de conocimiento el mayor contento del alma” proposición XXVIII. Es decir, que
el tercer grado de conocimiento proporciona el contento del alma, la alegría.
No olvidemos cuál es el tercer grado de conocimiento: el amor a Dios. Amor
intelectual, si se quiere, porque nace de la razón. Y en la demostración de
esta proposición, para ser ya definitivo, nos dice: “La suprema virtud del alma
consiste en conocer a Dios…o sea, entender las cosas según el tercer género de
conocimiento…y esa virtud es tanto mayor cuanto más conoce el alma las cosas
conforme a ese género…De esta suerte, quien conoce las cosas según este género
pasa a la suprema perfección humana, y, por consiguiente, resulta afectado por
una alegría suprema, acompañada por la idea de sí mismo y de su virtud; por
ende…de ese género de conocimiento nace el mayor contento posible.” Creo que
ante tal demostración sobran palabras. Salvo las que hay que decir que una
interpretación no mística de la ética spinoziana no es más que fruto de la
ideología mecanicista imperante desde Descartes para acá. Pero hay que leer la
ética, sobretodo el primer capítulo, como una crítica al cartesianismo. Ahora
bien, el abrir las puertas al misticismo no es irracionalidad, ni nada por el
estilo. La razón es lo eterno del alma y sin razón no conocemos el alma, ni
tenemos ideas adecuadas. Sin la razón no llegamos a Dios. Ahora bien, una vez
que llegamos a Dios por la razón damos el salto al tercer género de conocimiento,
que es el del amor a Dios. Y a la posibilidad del conocimiento de las cosas
particulares, no sólo desde la razón (ciencia) sino desde el tercer género del
conocimiento (amor), por eso en cada cosa vemos el universo, porque amar algo,
es amarlo todo, ya que este tercer género es el del amor desinteresado.
El alma, entonces, en el tercer grado de conocimiento conoce
desde la eternidad y se conoce en Dios. Por eso dice: ”Nuestra alma, en cuanto que se conoce a sí
misma y conoce su cuerpo desde la perspectiva de la eternidad; en esa medida
posee necesariamente el conocimiento de Dios y sabe que ella es en Dios y se
concibe por Dios.” Proposición XXX.
“Nos deleitamos con todo cuanto entendemos según el tercer
género de conocimiento, y ese deleite va acompañado por la idea de Dios como
causa suya.“ Proposición XXXII. Lo propio del tercer genero del conocimiento es
el deleite, no la demostración, aunque ésta sea el paso previo. El deleite del
conocimiento de las cosas es inseparable del conocimiento de Dios como causa de
todas las cosas. Y, por eso del tercer género de conocimiento brota un amor
intelectual de Dios, como afirma en el corolario de esta proposición. Y ese
amor intelectual produce una alegría que va acompañada por la idea de Dios. Y
el amor que se siente hacia Dios no es el amor a un objeto, algo presente que
está ahí, no, es, como dice: “…en cuanto que conocemos que es eterno; a esto es
a lo que llamo amor intelectual de Dios.” Y ese amor, como dirá en la siguiente
proposición es eterno, como no podría ser de otra forma. Claro es un amor de lo
eterno desde lo eterno. Y esto sólo se puede entender si en el tercer género de
conocimiento deja de haber sujeto y objeto; es decir, dualidad. La dualidad
está en el conocimiento racional, el conocimiento de objetos, pero no en el
tercer género, y no es que se de una fusión, sino que hay una identidad. Pero,
claro, hay que entender identidad fuera del contexto de los objetos, por eso no
podemos considerar a Dios como un objeto, entonces pensar en la identidad es,
simplemente, un delirio, un ensanchamiento del ego, es decir, que seguimos en
la escisión. El tercer género de conocimiento es amor, apertura, intuición, no
identidad de objetos, puesto que no hay objetos. Insisto, los objetos
pertenecen a la ciencia. Al segundo grado de conocimiento. El amor intelectual
produce el máximo contento y, en cuanto tal, ello conlleva la máxima felicidad
y ésta es la máxima perfectibilidad humana.
Claro, mientras que dura el cuerpo el alma está sujeta a las
pasiones, por eso ningún amor es eterno salvo el amor intelectual que es el que
se da desde la eternidad del alma a la eternidad divina, teniendo en cuenta que
en ellos hay una identidad en el sentido que decíamos antes. O dicho en
palabras de Spinoza: “El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor
con que Dios se ama a sí mismo (infinito, como nos dice en la anterior
proposición), no en cuanto que Dios es infinito, sino en la medida en que puede
explicarse a través de la esencia del alma humana, considerada desde la
perspectiva de la eternidad, es decir, el amor intelectual del alma hacia Dios
es una parte del amor infinito con que Dios se ama a sí mismo” proposición
XXXVI. En fin, esto puede tener toda la apariencia de racionalidad que se
quiera, pero vivenciar esto es una experiencia mística. Pero la experiencia
mística es inefable, por ello no se habla de ella. Bastante se dice ya, creo
yo. Como dice en el corolario a esta proposición: “…el amor de Dios hacia los
hombres y el amor intelectual del alma hacia Dios son una sola y misma cosa.” Y
de aquí se concluye en qué consiste la felicidad humana. Por eso sigue en el
Escolio: “En virtud de esto, comprendemos claramente en qué consiste nuestra
salvación o felicidad; o sea, nuestra libertad; a saber: en un constante y
eterno amor a Dios, o sea, en el amor de Dios hacia los hombres. Este amor o
felicidad es llamado gloria…” Es decir, que la felicidad está en el amor
intelectual a Dios, pero esto es lo mismo que el amor de Dios a los hombres, o
el amor hacia los hombres. Porque no puede haber contradicción, no podemos
odiar al otro, porque es odio a Dios y eso, como hemos visto, es imposible.
Este sería el fundamento del amor al prójimo que conlleva el contento y la
felicidad y el mayor estado de Unidad, porque ya no estamos hablando del alma y
Dios, sino de todos los hombres, que yo ampliaría a todos los seres, aunque
esto Spinoza no lo dice, y Dios.
Y para concluir la Ética y nuestro modesto comentario
termina Spinoza con la siguiente Proposición contundente:
“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud,
sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras
concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimir nuestras
concupiscencias porque gozamos de ella.” Proposición XLII.

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