El problema de la posverdad, que nos está llevando a un
derrumbe ético y político. Y, con ello, a un colapso social, tiene su raíz en
la mala interpretación que se ha hecho de lo que es una opinión, la libertad de
opinar y de expresar lo que uno piensa, cree y siente.
Para empezar, la gran conquista de la democracia es la libertad, tanto individual como política. Podemos y sería lo deseable, pensar autónomamente, por nosotros mismos. Y las instituciones democráticas deberían dejar ejercer la libertad de expresión de todos los ciudadanos. Por otro lado, todas las opiniones son respetables dentro del marco de que son todas discutibles y todas ofrecen una visión del mundo y un estado de ser en y con el mundo.
Respetable no significa que uno diga, como sucede
mayoritariamente y en el mundo de la posverdad es ya un lugar común, “ésta es
mi opinión y no tengo que escuchar nada más, ni está en discusión”. Esto es un
grave peligro porque la posverdad es la disolución social, de la Polis y
política (ocuparse de lo público). Y el no pensar lo que opinamos, no
discutirlo convierte, como hemos señalado en muchas ocasiones, a las opiniones
en relativas: todas valen lo mismo. No, todas son discutibles, pero no valen lo
mismo. Aquí es donde aparece el relativismo de las opiniones: se dice o se
cree, que todas son válidas y no es así. Son todas discutibles y esta discusión
genera un espacio común de libertad, respeto y conocimiento en el que, a través
de las opiniones podemos comprender al otro, escuchándolo, y no imponiendo
nuestra opinión, ya sea por la fuerza (Tiranía) o por el silencio; que es
desentenderse de lo común.
No es que haya opiniones que sean la Verdad. No, todo es
falible, todo es discutible. Pero sí las hay más fundadas, informadas y con
conocimientos más sólidos y diversos que las apoyan. Lo cual no las hace
verdaderas. Porque, entonces, estaríamos en la tiranía de los sabios (Platón) o
en la tecnocracia actual aliada a la oligarquía partitocrática.
De ahí que las opiniones deben ser informadas y puestas en el
foro común para que sean respetadas en el sentido de discutidas, para forjar un
lugar común lo más universal posible. Esto requiere de instituciones sanas y
medios de comunicación fiables, no ideologizados, ni obedientes al poder
político o económico y que se inspiren en múltiples fuentes. Las opiniones
informadas requieren también del acuerdo de que hay unos hechos, que son
precisamente, los que interpretamos y sobre los que opinamos y debatimos con
vistas, no a llevar “la razón”, cuando en realidad, la razón, el logos, es lo
común. Y el debate de la pluralidad de opiniones se dirige hacia el bien común.
En la posverdad, por el contrario, los hechos se inventan y no hay nada que
discutir porque se imponen por el poder como Verdad Absoluta.
El problema, y por eso hemos llegado a la posverdad, es el
relativismo de las opiniones: todas valen lo mismo. Y ello se produce y produce
una ausencia total o casi total de información y, cuando la hay, generalmente
es desinformación porque ya no hay hechos; sino que los hechos son inventados. Por
eso, cualquiera con poder puede decir y hacer lo que quiera. Ya, ni si quiera
opina sobre hechos, sino que, literalmente, son inventados. El mundo de la
posverdad es el mundo orwelliano.
Y, siguiendo a Spinoza, pues lo único que conduce a la libertad es el conocimiento. Por tanto, la información es necesaria para opinar. Y quien opina sin información, simplemente, repite eslóganes que ha aprendido de oídas o, quizás, de los medios de desinformación y control de las masas. Nos jugamos mucho o, más bien, todo. El conocimiento basado en la información nos hace libres y la libertad construye la Polis, lo público y común. Si no hay conocimiento, pues surge un poder arbitrario, fanático y violento: la Tiranía. En la que ya no hay personas, sino cosas.
Hoy estamos en este mundo de la posverdad y, efectivamente,
no somos considerados por el poder político-partidista y oligárquico, personas;
sino cosas, productos, … Las palabras que siguen de Arendt sacadas de la obra “El
fin de un mundo común” de Martínez Bazcuñán, confirman la importancia de las
opiniones informadas (conocimiento), para poder mantener un mundo común y
plural y salvarnos del abismo del nihilismo de la posverdad. Y esto requiere,
añado, un trabajo interior de autoconocimiento de nuestras ideas, emociones y
creencias, que habremos de conocer para saber su origen, efecto y cómo nos
hacen ser lo que somos y, si es necesario cambiarlas para cambiar y fundamentarlas
con más conocimiento y debate público por el bien común sin interés egoísta.
Por cierto, todo esto es una opinión fundada, informada,
estudiada; o sea, conocimiento. Pero absolutamente falible, criticable y, sobre
todo, puede ser cambiada y enriquecida. No con la intención de tener razón,
sino para que pueda servir para alcanzar una sociedad común, más libre,
igualitaria y fraterna.
“Esto no quiere decir que los medios de comunicación no sean
importantes. Por supuesto que lo son. Arendt misma lo advierte con
contundencia: «La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la
información objetiva y no se aceptan los hechos mismos».[43] También cuando
afirma: «El momento en que ya no tenemos una prensa libre, cualquier cosa puede
suceder. Lo que hace posible que un régimen totalitario o cualquier otra
dictadura gobierne es que la gente no está informada: ¿Cómo puedes tener una opinión
si no estás informado?».
Martínez-Bascuñán, Máriam. El fin del mundo común (Spanish
Edition) (p. 160). TAURUS. Edición de Kindle.



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