“Yo soy el camino, la verdad y la vida”
Evangelio de San Juan, 14,6
Ésta otra sentencia de Jesús de Nazaret, también me surgió en
meditación el día 31. Como la primera han sido como un mantra que me han
acompañado toda la vida. En un principio, en la niñez, era como una revelación que
la tomaba más del lado ontológico (sin saber qué era eso, claro), que ético. Durante
algunas décadas este “mantra” estuvo muy silenciado. Primero por mi interés por
la Ciencia y, segundo, por mis estudios sobre el origen de la religión y del
cristianismo en particular. Si bien hice un estudio crítico-histórico del
origen psicológico, histórico y filosófico de la Religión, evolutivo y
biológico; así como antropológico (la religión como forma de dar un sentido y
una identidad cultural) que se corresponde con el estado mítico de conciencia,
previo al racional en el que yo me había sumergido desde mis primeros escarceos
con la Filosofía; no olvidé en el caso del cristianismo la ética evangélica que
me seducía y la incomprensible figura de Jesús y los contrastes con la religión
creada a partir de su figura. Así como los contrastes de la Historia que se nos
contaba en la que la diferencias entre buenos y malos, justicia e injusticia, …
eran demasiado claros y radicalizados. Aunque la figura de Jesús se perfilaba
con sus angustias e inseguridades para mostrar su naturaleza humana.
El caso es que Jesús como camino tenía una dimensión
ontológica porque representa al Ser, a lo que hay. Por eso dice, también, la Vida.
Y la luz (Verdad) lo podemos asociar con su dimensión antropológico-ética. La figura
de Jesús como algo que despierta la admiración, la confianza en la bondad
intrínseca del hombre. Y su mensaje ético muy claro y sencillo, sin necesidad
ni de reglas, ni de códigos que lo den por escrito. Su propia vida es un
ejemplo de su ética en la que hay una coincidencia absoluta entre su vivir y su
decir. Seguir su mensaje ético, expuesto casi únicamente en forma de parábolas,
salvo algún discurso, como el “Discurso de la montaña” donde se exponen las Bienaventuranzas.
Un programa ético-político absolutamente revolucionario; pero no sólo para
aquel tiempo; sino para ahora mismo. Sin necesidad alguna de creer en un Jesús
hijo de un Dios separado del mundo y creador de él.
Todo esto, que será el cristianismo paulino, generará grandes
discursos, polémicas y diferencias; que durante los cuatro primeros siglos convivían,
junto con las religiones, después llamadas paganas, de las que se nutriría por ósmosis
el cristianismo y las diferentes escuelas filosóficas griegas y su deriva en el
Imperio Romano, que darían la forma y estructura conceptual a todo el
cristianismo posterior. Pero toda esta rica convivencia -independientemente de
las disputas y de las persecuciones a la que los cristianos fueron sometidos,
más que por el contenido, por el peligro político que podían representar como
religión del pueblo, de los oprimidos, de los esclavos- se rompería cuando
Roma se hace cristiana y elimina y condena toda forma de creencia y de
pensamiento que no coincidiese con el Credo y las escrituras del Nuevo
Testamento surgidas del Concilio de Nicea en el 325 de nuestra era.
No discutiré aquí todo este proceso y lo que supuse. No sería
más que una interpretación muy somera para todo lo que hay al respecto. Incluso,
después de miles de libros escritos al respecto lo que tenemos son
interpretaciones que se aproximan a lo real, además de la imposibilidad de
separar la fe y la razón de forma radical, si no queremos caer en un
reduccionismo caricaturesco y dogmático. Con lo que ello conlleva de peligros
fanáticos por ambos lados: el de la fe o el de la razón.
Las breves palabras que esta sentencia me sugieren no las digo como experto, que, para empezar, no lo soy. Si no, más bien como vivencia, aunque lo encuadre un poco en el contexto del texto completo del Evangelio de Juan del que forma parte. Y como es un sentir, pues no es como una oración o una comprensión teológica-filosófica; sino como un mantra en el sentido de la vibración que transmite o, mejor dicho, me transmite.
La frase completa que la podéis ver en el enlace es la que
sigue. Es por contextualizar un poco, lo mínimo. También la experiencia de lo
místico, al Misterio, … le viene bien el conocimiento. Como ya dijera Spinoza. A
través de la facultad del entendimiento (conocer) y la tercera facultad se
accede al conocimiento de Dios, que no es algo entendible, ni decible. Es experiencial.
Pero, curiosamente, subjetivamente, universal. Pues es ésta:
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre
conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto”. San Juan, 14
Con lo anterior de la vivencia subjetivamente universal, no
decible; sino mostrable, si acaso. Todo lo que se puede decir, queda dicho,
pero a lo mejor, se puede mostrar algo más. De lo contrario el Silencio que
suele elegir el sabio Taoísta. “El Tao que se nombra no es el Tao. El que no se
nombra es el verdadero Tao”, de ahí el Silencia y el alejamiento o la inmersión
en la cotidianeidad pasando absolutamente desapercibido. Pero con mucha soledad
y silencio.
Ser el camino, la verdad y la vida, ya he hablado un poco de
ello. Cuando uno confía en otro; ese otro se convierte en tú camino. Porque el
camino no es ningún código de reglas, sino una acción después de vislumbrar que
aquel al que prestas devoción es la verdad en el sentido espiritual. Es decir,
un camino de acceso a la divinidad. Por eso quería contextualizar la frase
completa.
También la verdad espiritual es aquello que emana en la misma
devoción y que alumbra la oscuridad, el abismo, el silencio, la soledad que
conlleva el abandonarse. O, la disolución del ego. Desprenderse, desasirse de
los “quereres”, desaferramiento, vaciarse. Cuando esto ocurre, el vacío que emerge
y en el que caes como en un abismo, se llena de luz. No necesitas aferrarte a
nada, eres la propia luz. Por tanto, cesa la dualidad y, en términos
cristianos, tu yo universal, Jesús y el Padre (Dios) sois lo mismo. En el
cristianismo se habla del Espíritu Santo que sería el amor del Padre por el
Hijo, del Hijo por los hombres y toda la creación. Y, ambos, El Hijo y uno
mismo se funden en el Amor al Dios Padre.
Con tantas palabras pierde la fuerza mística de la experiencia,
vivencia subjetiva que se puede tener como un vislumbre o una experiencia más
estable, de la que no hay vuelta atrás, pero no es aún plena. Los quereres
vuelven, de ahí la vigilancia y la práctica: el servir a los demás, la oración,
la meditación, la reflexión de autoconocimiento, comprender al otro como otro
yo, es decir, ponerse en su lugar, ser él. Porque, ya “sabes” que no hay dos,
ni tres ni muchos, sino Uno que se manifiesta o emana por Amor en la pluralidad
de seres.
Esta comprensión y concepción te da paz y calma interior. Serenidad.
Nadie te puede dañar. El daño del otro es una mera ficción una construcción a
partir del yo egoico. Una vez que el yo se va estabilizando en su
funcionalidad, crecen las virtudes y van disminuyendo los afectos aflictivos o
emociones negativas. Están ahí, son tú, pero son una falsa visión un
conocimiento inadecuado fruto de la ignorancia. Sólo hay luz que llena la
vacuidad y ausencia del ego o yo egoísta (yo siempre hay). Es un producto evolutivo-adaptativo
que sigue existiendo porque funciona. Pero a veces se quiere hacer con el
control, se identifica con personajes a los que le da sustancialidad y ahí
emerge el sufrimiento y las emociones aflictivas que se sanan, con el
conocimiento y ayudado por la luz que somos. Pues, en palabras cristianas somos
uno en Cristo y el Padre.
De esta forma, tenemos no dualidad, pero, a su vez, se salva la singularidad y pluralidad, además de la mediación o camino, verdad y vida, que es el Hijo que nos une al Padre. Es la luz que nos acoge en ese vacío.
De ahí que todos los místicos, y esta sentencia es
absolutamente mística, además de mostrarnos una praxis, acción, para llegar a
lo Absoluto, que es ser y seguir la vida y ética del propio Jesús. Y no hay
nada que entender, se sabe, o no. Y, cuando se sabe, hay que cultivarlo para
que crezca y no abandonarlo para que no desaparezca.
Es como la anécdota que se cuenta de Jung. En una entrevista
le preguntaron si creía en Dios y respondió: ni creo, ni dejo de creer. Lo sé. Es
la certeza, la evidencia, el conocimiento directo, sin intermediarios del
entendimiento, que nos da la intuición mística. Como magistralmente analiza
Spinoza en el libro V de su Ética.
Seguir esta sentencia es seguir una vía ancha, pero
solitaria, silenciosa y de continuo desapego…disolverse. Y, aunque la vía sea
ancha y, en realidad, estás yendo hacia ti mismo, cuyo fondo es el propio
Absoluto, la Divinidad, Vacuidad, Conciencia universal, Tao,…
Descubrir a Dios, el Padre, en el lenguaje cristiano es
descubrirse a sí mismo en tu propia vacuidad, cuando todos los apegos se han abandonado.
Aquí emerge la visión directa, sin entendimiento ni sensibilidad, de la no
dualidad.
https://www.bible.com/es/bible/149/JHN.14.6-7.RVR1960



No hay comentarios:
Publicar un comentario