Habiendo
alegría en la vida la hay en la muerte.
Justamente he ido ahora a llevar unas flores a mis padres al cementerio. Pues,
justamente, hacía un rato que había comenzado un libro de un español (Oscar
Mateo) que trata un aspecto de la muerte, o el proceso del morir en el budismo
tibetano que se llama Phowa y que significa: transferencia de consciencia. Por
su parte, esta técnica que se realiza durante la muerte, en el momento de morir
y durante cuarenta y nueve días después, específicamente, se describe en uno de
los libros más importantes del budismo tibetano, cuyo autor fue el yogui
Padmasanvava que fue uno de los primeros en llevar el budismo indio al país de
las nieves, donde tuvo un desarrollo particular.
Ésta obra es conocida como “El libro tibetano de los
muertos” o Bardo Todol (Bardo es como una especie de lugar de paso) en los que
hay un acompañamiento al que “muere” antes, durante y después de la muerte.
Como toda religión, y el budismo tibetano se las trae con esto, hay mucho
ritual y superstición, pero todo montado sobre una base muy sólida.
Independientemente del después de la muerte, para el
budismo no existe tal cosa, en el sentido de persistencia del yo, pero sí del
continuo mental, de ahí lo de la reencarnación (puede sorprender, pero esto es
muy similar a la física contemporánea y las ciencias de la vida como seguidoras
de la reina de las ciencias y, también, a Aristóteles que, curiosamente decía
que la muerte era un proceso de disolución, luego no hay muerte como un estar y
dejar de estar, sino un proceso; eso sí, tras ese proceso la materia (el
cuerpo) no puede existir sin la forma (el alma); luego el proceso de morir nos
lleva a una desaparición de lo individual en lo universal.
Su maestro, Platón, se removería en la tumba, porque, para él, el cuerpo y el alma son diferentes. El alma es una substancia inmortal y el cuerpo es un accidente que cambia y, por ello, temporal.
El cristianismo, en sus inicios fue platónico (San
Agustín), pero cada vez se hizo más aristotélico (la escolástica hasta Tomas de
Aquino “Padre Angélicus”), lo máximo que se despacha en el cristianismo; pues
tuvo que lidiar con muchos inconvenientes al incorporar a estos dos grandes
filósofos y en sus más de quince siglos de dominio universal del pensamiento,
pues le dio tiempo de incorporarlos, pulir diferencias y resolver
contradicciones. Cuando estas no eran posibles de solución por la vía de la razón
o la Filosofía, entonces, para eso estaba la teología rebelada y las convertía
en dogmas de fe. Todo este proceso es muy interesante pero ya lo he descrito en
muchas de mis obras. Y, sobre todo, en enseñanzas orales (clases, conferencias,
programas de radio…).
Así que no hay que asustarse, ni mofarse de los rituales y
mitos de ninguna religión, en este caso, del budismo (advierto que no soy ni
budista, ni cristiano, ni nada que huela a religión o dogma, incluida la
tecnociencia, el transhumanismo, el neoliberalismo, la pseudodemocracia…),
cargo con la alargada sombra de Nietzsche y su “muerte de Dios”.
El caso es que, pasando de religión, de persistencia
personal después de la muerte, como proceso o lo que sea, nos podemos plantear
cuestiones importantes, yo diría que esenciales, cruciales para un buen vivir y
un buen morir.
La muerte es cierta, el momento, incierto. Preguntan los
budistas: ¿Qué es antes, el mañana o la muerte? La primera respuesta, no la
pensada, ésa es igual para todos, define tu vida, tanto la pasada como en la
que estás o la que supuestamente ha de venir. También en el budismo Zen hay un
Koan, de los primeros, en el que se le pregunta al discípulo: ¿Cuál era tu
rostro antes de que naciesen los abuelos de tus abuelos y cuál será después de
que mueran los nietos de tus nietos?
Cuando era profesor les preguntaba a mis alumnos: ¿Qué
haríais si os quedasen unas semanas o pocos meses de vida? Algunos piensan que
hacerse esa pregunta es de pesimistas, amargados, de gente, como los filósofos,
que no tienen cosas importantes que hacer. Bien, pues esto es lo más importante
que podemos hacer. Lo único importante que puede darle importancia y sentido a
todo lo demás. Además, os garantizo, ya seáis: creyentes, ateos, agnósticos o
lo que sea…si la resolvemos; que, significa, si hemos vivido con la respuesta
ya dada, pues seremos seres felices, dignos, sin miedos, ni apegos, sin
parafernalias, sin miedo a salirse del rebaño, felices en el sentido de que
quitarse todos esos miedos nos produce un estado de calma, paz, incluso
beatitud, si tenemos tendencias un poco artísticas, creadoras o místicas. Así
que el hacerse esta pregunta garantiza felicidad y un buen vivir. Pero, es más,
garantiza un buen morir. Si uno tras el anuncio, independientemente de que su
sensibilidad se agudizase mucho, en lo esencial, sería el mismo y seguiría su
vida, porque él y su vida, son una misma cosa. No es que haga cosas para
disfrutar o entretenerse, o por un deber abstracto, sino que su hacer es su ser
y, por cierto, no tiene nada que ver con su tener. Entonces la muerte, aunque
siempre hay un temor a lo desconocido, no va a descolocarlo, la aceptará, tras
un proceso de adaptación, pero con facilidad y amor hacia sí y hacia todo, no
con rencor, odio, envidia y miedo; porque, en su vida, independientemente de la
inmensidad de errores y muchos de ellos han hecho sufrir a los seres queridos,
hay una coherencia, un fin, un sentido. Y esto es previo y sirve igual, se sea
creyente o no.
No está de más, entonces, la pregunta. Y siempre estamos a
tiempo y podremos descubrir otras dimensiones de la vida además de perderle el
miedo al vivir y al morir, que viene a ser el mismo. El mañana es seguro que es
mañana; pero la muerte, mi muerte, ésa la desconozco y podría ser antes de
mañana o dentro de 30 o 20 años…
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