Base para una ética y
política en tiempos más que inciertos.
Hay momentos en los que el silencio deja de ser una
ausencia para convertirse en una forma de escucha. Entonces uno descubre que
nunca está verdaderamente aislado. Además de las ideas, del diálogo interior y
de cuanto aprendemos en la conversación con los demás, en los libros y en la
observación del mundo, existe otra forma de comunicación mucho más difícil de
nombrar. Podríamos llamarla, provisionalmente, lo sutil.
No sé qué es, pero se siente sin ser cosas ni espíritus
desencarnados (eso son intentos de comprender; que, como toda hipótesis es una
buena pista). No se puede imaginar porque eso es utilizar nuestras facultades
del conocimiento que sirven para una región de la infinitud de todo lo que hay.
Para este campo, que diría Sesha.
Lo sutil está ahí, te habla, se comunica de diversas formas
de las cuáles uno es inconsciente (presentimos una tormenta, un terremoto, un
accidente de un ser querido. Los animales aún más). La comunicación no sólo es
nuestro lenguaje, que es impresionante, sino toda la que existe en el universo.
La Ciencia ha descubierto parte de ella, pero no sacamos ni sus inmensas
consecuencias filosóficas ni para la vida cotidiana.
El principio de no localización presupone la comunicación.
Ahora bien, la comunicación presupone la conciencia. Todo es un río de
conciencia. La conciencia no tiene que ser autoconsciente como creemos que es
la nuestra. Nosotros tenemos cierta consciencia de lo que somos y hacemos; por
lo demás, una consciencia creada de retazos de historias que, a su vez, son
interpretaciones de supuestos hechos. Todo el trasiego bioquímico que hace
mantenernos vivos nos es inconsciente y no tenemos ningún poder sobre él. Eso
no nos convierte en máquinas. Ése es un mapa, que sirvió, pero que ya es muy
pobre. Pero aún, en cien años no hemos sido capaz de elaborar otro mejor. Sí
tenemos conjeturas, pero no una Filosofía primera que pueda asumirlo. Las hay
en otras culturas, y se basan en la no dualidad; pero hay que actualizarlas. Y
se nos echa encima, de forma arrolladora, el desarrollo tecnocientífico sin una
imagen del mundo, salvo la del pragmatismo y utilitarismo en su peor versión
neoliberal.
Comprender y amar. Las dos cosas en su sentido más hondo.
Comprender en el sentido de aprehender, de integrar e integrarse, porque lo que
sabemos nos otorga singularidad, particularidad, pero no sustancialidad
separada. Cambiamos en relación con todo lo que hay. Todo cambia y el Ser es
cambiar. Y amar en el sentido de ausencia de posesión, de egocentrismo. Aunque
hemos conquistado una singularidad; que, para todos los seres, es sujeto de
dignidad, también hemos conquistado la igualdad o ecuanimidad y fraternidad con
todo lo que hay. Todos los seres, porque todos son sintientes. Todos se
comunican, todos son consciencia, puesto que emergen de ella y vuelven o
volvemos a ella una y otra vez, siendo distintos y los mismo, no los mismos
sustancialmente porque eso no existe. De forma más sencilla, hemos pasado de un
yo egocéntrico a un nosotros universal, cósmico, infinito, eterno, sin tiempo,
ni espacio.
Y esto es una buena base para pensar una ética y una
política en estos tiempos inciertos. Tiempos de desequilibrio, de ignorancia y
violencia por el dominio de las pasiones, que es lo más básico, y ni siquiera
eso conocemos ni podemos lidiar con ellas. Sentimos, pensamos y actuamos, en el
fondo todo es sentir, todo es inteligencia en diversos planos. Y es
inteligencia porque la vida, y lo que llamamos no vida, también, es
inteligencia, es información. No sólo tenemos que cambiar el mapa, sino las
palabras que usamos en el mapa.
