martes, 30 de junio de 2026

Base para una ética y política en tiempos más que inciertos.

Hay momentos en los que el silencio deja de ser una ausencia para convertirse en una forma de escucha. Entonces uno descubre que nunca está verdaderamente aislado. Además de las ideas, del diálogo interior y de cuanto aprendemos en la conversación con los demás, en los libros y en la observación del mundo, existe otra forma de comunicación mucho más difícil de nombrar. Podríamos llamarla, provisionalmente, lo sutil.

No sé qué es, pero se siente sin ser cosas ni espíritus desencarnados (eso son intentos de comprender; que, como toda hipótesis es una buena pista). No se puede imaginar porque eso es utilizar nuestras facultades del conocimiento que sirven para una región de la infinitud de todo lo que hay. Para este campo, que diría Sesha.

Lo sutil está ahí, te habla, se comunica de diversas formas de las cuáles uno es inconsciente (presentimos una tormenta, un terremoto, un accidente de un ser querido. Los animales aún más). La comunicación no sólo es nuestro lenguaje, que es impresionante, sino toda la que existe en el universo. La Ciencia ha descubierto parte de ella, pero no sacamos ni sus inmensas consecuencias filosóficas ni para la vida cotidiana.

El principio de no localización presupone la comunicación. Ahora bien, la comunicación presupone la conciencia. Todo es un río de conciencia. La conciencia no tiene que ser autoconsciente como creemos que es la nuestra. Nosotros tenemos cierta consciencia de lo que somos y hacemos; por lo demás, una consciencia creada de retazos de historias que, a su vez, son interpretaciones de supuestos hechos. Todo el trasiego bioquímico que hace mantenernos vivos nos es inconsciente y no tenemos ningún poder sobre él. Eso no nos convierte en máquinas. Ése es un mapa, que sirvió, pero que ya es muy pobre. Pero aún, en cien años no hemos sido capaz de elaborar otro mejor. Sí tenemos conjeturas, pero no una Filosofía primera que pueda asumirlo. Las hay en otras culturas, y se basan en la no dualidad; pero hay que actualizarlas. Y se nos echa encima, de forma arrolladora, el desarrollo tecnocientífico sin una imagen del mundo, salvo la del pragmatismo y utilitarismo en su peor versión neoliberal.

Comprender y amar. Las dos cosas en su sentido más hondo. Comprender en el sentido de aprehender, de integrar e integrarse, porque lo que sabemos nos otorga singularidad, particularidad, pero no sustancialidad separada. Cambiamos en relación con todo lo que hay. Todo cambia y el Ser es cambiar. Y amar en el sentido de ausencia de posesión, de egocentrismo. Aunque hemos conquistado una singularidad; que, para todos los seres, es sujeto de dignidad, también hemos conquistado la igualdad o ecuanimidad y fraternidad con todo lo que hay. Todos los seres, porque todos son sintientes. Todos se comunican, todos son consciencia, puesto que emergen de ella y vuelven o volvemos a ella una y otra vez, siendo distintos y los mismo, no los mismos sustancialmente porque eso no existe. De forma más sencilla, hemos pasado de un yo egocéntrico a un nosotros universal, cósmico, infinito, eterno, sin tiempo, ni espacio.

Y esto es una buena base para pensar una ética y una política en estos tiempos inciertos. Tiempos de desequilibrio, de ignorancia y violencia por el dominio de las pasiones, que es lo más básico, y ni siquiera eso conocemos ni podemos lidiar con ellas. Sentimos, pensamos y actuamos, en el fondo todo es sentir, todo es inteligencia en diversos planos. Y es inteligencia porque la vida, y lo que llamamos no vida, también, es inteligencia, es información. No sólo tenemos que cambiar el mapa, sino las palabras que usamos en el mapa.


 

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