Pues quizás esto sea una tarea inmensa, tan inmensa como el
Ser, pero, de éste, como dijera Parménides, sólo se puede decir que es. Ahora
bien, es todo lo que Es, lo que hay. Y se me da en la Presencia, en el estar en
el mundo, que, por otro lado, es indefinido, no puede ser pensado, no es un
concepto, ni una idea, lo excede, sólo podemos pensar las diferentes formas de
sentido que le damos a aquello incognoscible que llamamos mundo. La realidad
excede todo lo que podamos pensar, Es y, por lo demás, después llega el
silencio.
Pues bien, quizás sea una tarea difícil y, a la vez fácil.
Se podría terminar ya. Simplemente, guardar silencio. Pero quizás no estaría mal
contármelo a mí mismo para desprenderme de todo aquello que sigue apegado y es
imprescindible, para averiguar los vericuetos del camino y, profundizar aún más
en ese autoconocimiento del Alma, que Heráclito decía que su profundidad era
insondable. Entre esa tensión me moveré en esta especia de memoria o de
confesión ante el Ser, no ante mí, entre lo insondable del Ser y, por tanto, el
silencio, la contemplación mística, el estado de Presencia, el saber que excede
la palabra y la narración biográfica por la que se ha ido atisbando El Ser.
La
infancia puede ser un paraíso perdido o un infierno. Generalmente es ambas
cosas. La mirada que sobre la infancia hacemos es una mirada esteriotipada y,
ahora, de adultos, pues somos incapaces de ponernos en la piel del niño y
consideramos que es más o menos feliz, e, incluso, los autoprotegemos. Pero
esto es todo falso, como cuando se suele pensar que el ignorante es feliz,
porque no es consciente de lo que pasa. Ese es un error en toda nuestra vida y
del que hay que deshacerse o, al menos, darse cuenta de que no es así, de que
somos ignorantes, de que es la ignorancia la madre de nuestros males. Toda
nuestra existencia es un ir aumentando nuestro conocimiento en el sentido de
nuestra cosnciencia. Ampliar la consciencia. Salir de la parcela de nuestro yo
particular construido por ideas, creencias y opiniones que nos esclavizan. Ésta
es la gran empresa de la vida, la tarea de la autoliberación, de lo que llaman
el despertar y algunas tradiciones espirituales, la iluminación. Desde nuestra
tradición filosófica y racional lo podemos llamar la conquista de la libertad,
que tiene dos componentes, uno externo: las condiciones políticas que nos hagan
posible el ejercicio de tomar decisiones sobre lo que queremos ser, pensar y hacer
por nosotros mismos y sin coacción. Y, la dimensión interna, que sería la más
relacionada con lo que aquí venimos narrando, la conquista de nuestro propio
ser. Es decir, el liberarnos de todas esas cadenas que nos atan, inhibiendo
nuestra libertad, y que se componen de creencias, opiniones y demás, que no nos
pertenecen, pero que los hacemos nuestros y que, después, alimentan nuestras
emociones o pasiones y éstas, por su parte, nos esclavizan. Se convierten en
nuestras dueñas a las que seguimos fielmente. Hay algunos hasta que se sienten
orgullosos por no cambiar de forma de pensar. Por mi parte, pronto aprendí en
la vida que todo era dudoso, que la vida era, de alguna manera inexplicable
para mí, sufrimiento y, además, sin contar con la palabra para ello,
injusticia, porque era el poder del más fuerte contra el más débil. Y así lo
vi, porque así lo sentí. Ello me llevó a padecer una especie de melancolía o
tristeza que, en realidad, no era propia de mi carácter, que fundamentalmente
era dinámico, activo, hoy incluso dirían hiperactivo, sin parar, curioso,
emprendedor de aventuras por todo lo desconocido. Pero, muy pronto el mundo me
presentó la cara del miedo y del sentimiento, que no concepto, no podía llegar
a él, con lo cual el dolor es mayor, de injusticia y sin sentido. Nada tiene
sentido si el débil está bajo el poder del fuerte, si los menos están sometidos
a los más, si la razón está oculta bajo la fuerza. Supongo que todo ello creó
en mí un sentido de la justicia muy acentuado. O, al menos, una sensibilidad
ante la debilidad y el sufrimiento de los débiles que siempre ha sido una
constante en mi vida. Ya volverá a salir este tema más pormenorizadamente.
Es muy curioso, que también en la infancia, tuviese una
experiencia absolutamente contraria, en lo vivencial a la anterior. Mientras
que la experiencia anterior me llevó al dolor y podemos llamar de contracción
del alma, de conciencia del yo, la otra la podemos calificar de expansión. Fue
una experiencia de Iluminación. Un elevarse por encima de los límites de los
sentidos y del intelecto, una vivencia experiencial de la intuición. Asistía
callado y perplejo a un debate en mi casa, la de mis padres, sobre si el
universo era infinito o finito. El caso es que yo no había pensado nunca eso de
lo infinito y poco a poco me fue embriagando un sentimiento de infinitud, de
ausencia de límites, de Presencia, de Ser en todo, de eternidad. Era una
experiencia, no algo captado pro los sentidos, ni, mucho menos pensado, el caso
es que era una vivencia que me aportaba Paz, calma, Felicidad, seguridad,
Sabiduría, Amor (en el sentido de Unidad y Armonía). Y esta sensación
permaneció durante mucho tiempo, días o semanas, fue atenuándose, pero la podía
sentir, e incluso manejar. Y, cuando me quedaba ensimismado, la recreaba. Creo
que fue esta experiencia la que me dirigió hacia la senda del conocimiento y la
sabiduría, mientras que la primera me dirigió hacia la de la búsqueda de la
justicia social y la libertad. Tras algo más de cuatro décadas de estas dos
experiencias he encontrado la unificación de los dos senderos, que en el fondo
es uno. Es como marchar por un mismo camino, pero por un lado o por otro. Y,
claro, si vas por un lado tienes una perspectiva de las cosas distinta y
parcial que si vas por el otro. Lo que con el tiempo he descubierto es que ni
si quiera hay camino y que hay una perspectiva global que excede los límites de
los sentidos y el entendimiento, pero que todo el camino era y sigue siendo
necesario. Sigue siendo necesaria la lucha por la justicia social, por ayudar a
que cada cual encuentre su camino hacia la libertad y sigue siendo necesario el
conocimiento, para combatir las supersticiones y el poder que se apoya en
éstas. Son escalones necesarios y que conviene seguir cultivando, como el
Bodhisawa budista, aunque uno sabe que es una visión parcial, dual y meramente
aparente. Es como dar el salto al tercer nivel del conocimiento, la intuición,
el amor intelectual de dios, que diría Spinoza, el ver desde la perspectiva de
la eternidad. Pero uno sigue aquí. Este paso al nivel superior del conocimiento
aúna el Amor con el conocimiento y tiene lugar la sabiduría. Es un estado, es
la manifestación del Ser, es Presencia y de ello, como místico, no se puede
hablar. Ahora bien, el hecho de acceder a ese nivel no quiere decir que los
otros desaparezcan, al contrario, se integran y uno tiene la posibilidad de
seguir actuando en ellos con esa sensación de “estar en el mundo, pero no ser
del mundo”. Y esto es así porque el mundo el lo interpretado, lo que está bajo
los límites de lo concepto, pero esto no existe, o existe relativamente, o
parcialmente, como se quiera decir, sin caer en relativismos; mientras que en
el Ser se Es, y es inefable.


