viernes, 15 de diciembre de 2017

Spinoza y la libertad

Acabo de terminar de leer una tesis doctoral de Pilar Benito Olalla, sobre mi querido Spinoza. Una tesis magistral inmensamente documentada y argumentada de lectura pausada por la dificultad de los temas tratados y la dificultad del propio Spinoza, pero una lectura apasionante, cosa rara en el ámbito académico. Y, además, con una problemática real abierta. No mero academicismo que se queda en cita de libros, que citan otros libros y así sucesivamente.
Da la casualidad de que ando escribiendo un comentario a los tres últimos libros de la Ética de Spinoza, nada académico, mi impresión, precisamente esos son los tres libros que trata la tesis. El caso es que, por mi parte, me vengo barruntando que Spinoza llegó, poco a poco, por el entendimiento, la razón, a sus tesis de los dos primeros libros y, también lo desarrolló en el tercero y el cuarto, pero el quinto es un salto al tercer nivel del conocimiento, el de la intuición. Son muchas las opiniones de los eruditos, yo no voy a entrar aquí. Lo que sí voy a hacer, y es como si hubiese hecho falta este tiempo para que esta obra cayese en mis manos, es interpretar la Ética spinoziana desde la no dualidad. Ya sé que es una postura incomoda para los filósofos académicos; pero creo que ellos tropiezan con un límite, que es, intentar entender a Spinoza desde la razón, pero Spinoza excede la razón, y no sólo en el libro quinto, sino que yo creo que, después de mucho esfuerzo del entendimiento y mucho discernir, tuvo la visión clara del tercer nivel del conocimiento, la intuición, y esto fue lo que le hizo llegar al amor intelectual de Dios desde el que emanan todos los afectos y en el que hay una participación de lo eterno del alma en dios y una presencia de dios en todo. Es decir, en la visión última desde la eternidad se pierden el objeto y el sujeto, es decir, desaparece la dualidad. Y, lo curioso es que, mientras caía esta tesis en mis manos yo he estado estudiando las diferentes filosofías de la no dualidad, tanto en Occidente como en Oriente. Y, como no soy un filósofo académico, pues voy a seguir con mi comentario a la Ética de Spinoza desde la perspectiva de la no dualidad, algo que es sólo accesible al tercer grado de la conciencia, que es la intuición y donde los opuestos, sujeto y objeto, desaparecen. Y, si no, vean cómo termina la ética de Spiniza:
Proposición XLII
“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimir nuestra concupiscencia porque gozamos de ella.

Escolio. Con esto concluye todo lo que quería mostrar a cerca del poder del alma sobre los affectos y la libertad del alma. En virtud de ello, es evidente cuánto vale el sabio, y cuánto más poderoso es que el ignaro, que actúa movido sólo por la concupiscencia. Pero el ignorante, a parte de ser zarandeado por muchos modos por las causas exteriores y de no poseer jamás el verdadero contento del alma, vive, además, casi inconsciente de sí mismo, de Dios y de las cosas, y, tan pronto como deja de padecer, deja también de ser. El sabio, por el contrario, considerado en cuanto tal, a penas experimenta conmociones del alma, sino que, consciente de sí mismo, de Dios, y de las cosas con arreglo a una cierta necesidad eterna, nunca deja de ser, sino que siempre posee el verdadero contento del ánimo. Si la vía que, según he mostrado, conduce a ese logro, parece muy ardua, es posible hallarla, sin embargo. Y arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra. En efecto: si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñen? Pero todo lo excelso es tan difícil,…”

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