“El alfa y el omega de la filosofía es la libertad”
Schelling
Volviendo a mi antiguo maestro, Popper, me siento “El último
filósofo tambaleante de la Ilustración”, es un decir, sé que hay muchos más,
pero son muy pocos. Y digo tambaleante porque el pensamiento está a punto de
claudicar, si no lo ha hecho ya. Y, sobre todo, y esto es grave, en los
supuestos centros de saber, en los centros de enseñanza. Y digo enseñanza, no
educación, la educación es otra cosa y no debe ser competencia del profesorado,
quiero decir, competencia primordial, sino que es un asunto fundamentalmente de
la familia, aunque en la escuela primaria el profesorado ayuda bastante en esta
tarea, pero no es la que le corresponde. La tarea del profesor es la de
enseñar. Y se enseña conocimiento, pero el conocimiento no tiene un fin fuera
de sí, sino que es un fin en sí mismo y constituye una labor de liberación de
uno mismo. El conocimiento, aunque sea de algo externo, como las leyes que
rigen los procesos químicos del organismo para hacer la digestión, o las leyes
que rigen el movimiento de los planetas, tienen un sentido eminentemente
práctico. El conocimiento es la única forma de liberación del hombre de la
superstición, las creencias e ideologías. Ahora bien, si el conocimiento va
dirigido a un fin, entonces ya no es tal, sino ideología: puede ser tanto
política, como científica o religiosa. Es decir, que el conocimiento se
transforma en todo lo contrario de lo que es. Se transforma en ideología. Y la
característica de las ideologías es que nos alienan; es decir, crean una falsa
consciencia de uno mismo y del mundo que observa, incluida la sociedad y las
relaciones humanas. Es decir, es ver como a través de unas anteojeras. Por el
contrario, el conocimiento, como liberación, formación de hombres libres, lo
cual supone ser valientes y trabajadores esforzados, es eliminar toda
anteojera. El conocimiento es, ante todo, poner en duda nuestro saber, porque
resulta que nuestro saber no es más que mera opinión adquirida en nuestro
proceso de socialización, fundamentalmente a través de los medios de
comunicación.
La enseñanza obligatoria va en contra de todo esto, otra
cosa es lo que cada profesor haga en clase, y creo que aún se mantiene la
institución de la enseñanza y los alumnos aprenden y se interesan, porque
muchos profesores no siguen las directrices absurdas del poder
político-económico que rige la ideología que subyace a los sistemas educativos.
La enseñanza obligatoria es una adaptación a la sociedad; es decir, una forma
de producir esclavos sin que el esclavo sea consciente. Es la fuerza del
psicopoder. De lo que se trata es de priorizar el valor de la eficacia y, más
aún, rentabilidad económica, sobre el de la libertad. Es más, la palabra
libertad y el valor asociado ya no se escucha en los sistemas educativos; por
el contrario, en la pedagogía abunda el lenguaje tomado de la economía, como
competencias, estándar, normalización y demás. El problema es cuando el
profesorado también ha sido adoctrinado directamente por el sistema educativo,
los jóvenes profesores y, por osmosis, la publicidad, los medios de control y
manipulación de masas. Eso nos lleva a que en la educación, dentro, no puedan
surgir voces críticas, sino que todo se reduce a la obediencia ciega de las
normativas que proceden de la administración, sólo con la queja de tener que
hacer mucho papeleo, pero sin ahondar en el sentido profundo que conlleva ese
papeleo y la ideología que lo sostiene. De esta manera el profesorado se
convierte en cadena de transmisión del poder y entra en el juego de la
competitividad. Por desgracia, los centros de secundaria, en lugar de formar
hombres libres, lo que hacen es fomentar la competitividad, el éxito y el
triunfo. Si no tienes esta nota, no apruebas la selectividad o no optas a
determinadas carreras, que son las más costosas, porque son las que el mercado
reclama. Es decir, nada que ver con el conocimiento, sino con la ley de la
oferta y la demanda. Lo curioso de todo esto es que el profesorado no lo
cuestiona y, cuando lo hace, se lamenta y acaba diciendo que no tienen más
remedio que cumplir las exigencias de la normativa, por imperativo legal
(salvando las distancias, el holocausto fue posible por muchas razones, entre
otras por la obediencia al imperativo legal) y por miedo a los padres, que ese
es otro tema. De todo ello se deduce que la enseñanza obligatoria, como ideal
ilustrado, es un fracaso y que el que defienda la enseñanza como una forma de
liberación es un filósofo tambaleante de la Ilustración, una rara avis.
El acto de enseñar es el acto de la liberación. Es un acto
íntimo de comunión entre el alumno y el profesor, es un lugar de encuentro en
el que el profesor desvela los prejuicios, ilusiones, ideologías…que esclavizan
al alumno. Y, por medio del conocimiento (humanístico-científico) le hace
participar del camino hacia la “verdad” a través de la duda. Y, por eso, el
alumno, como en su momento el profesor, debe ser valiente, porque su yo, su
identidad, va a ser desenmascarada y tendrá la sensación de no hacer pie, de
que se hunde. Y entonces, deberá abandonar la pereza, la indolencia y buscar
una tabla de naufrago a la que asisrse, mientras va reconstruyendo el mundo
desde la razón, la objetividad y la libertad y, siempre, asentados en la duda:
la docta ignorancia.

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