jueves, 21 de diciembre de 2017

Un viaje a través del Ser.


Pues quizás esto sea una tarea inmensa, tan inmensa como el Ser, pero, de éste, como dijera Parménides, sólo se puede decir que es. Ahora bien, es todo lo que Es, lo que hay. Y se me da en la Presencia, en el estar en el mundo, que, por otro lado, es indefinido, no puede ser pensado, no es un concepto, ni una idea, lo excede, sólo podemos pensar las diferentes formas de sentido que le damos a aquello incognoscible que llamamos mundo. La realidad excede todo lo que podamos pensar, Es y, por lo demás, después llega el silencio.
Pues bien, quizás sea una tarea difícil y, a la vez fácil. Se podría terminar ya. Simplemente, guardar silencio. Pero quizás no estaría mal contármelo a mí mismo para desprenderme de todo aquello que sigue apegado y es imprescindible, para averiguar los vericuetos del camino y, profundizar aún más en ese autoconocimiento del Alma, que Heráclito decía que su profundidad era insondable. Entre esa tensión me moveré en esta especia de memoria o de confesión ante el Ser, no ante mí, entre lo insondable del Ser y, por tanto, el silencio, la contemplación mística, el estado de Presencia, el saber que excede la palabra y la narración biográfica por la que se ha ido atisbando El Ser.
              La infancia puede ser un paraíso perdido o un infierno. Generalmente es ambas cosas. La mirada que sobre la infancia hacemos es una mirada esteriotipada y, ahora, de adultos, pues somos incapaces de ponernos en la piel del niño y consideramos que es más o menos feliz, e, incluso, los autoprotegemos. Pero esto es todo falso, como cuando se suele pensar que el ignorante es feliz, porque no es consciente de lo que pasa. Ese es un error en toda nuestra vida y del que hay que deshacerse o, al menos, darse cuenta de que no es así, de que somos ignorantes, de que es la ignorancia la madre de nuestros males. Toda nuestra existencia es un ir aumentando nuestro conocimiento en el sentido de nuestra cosnciencia. Ampliar la consciencia. Salir de la parcela de nuestro yo particular construido por ideas, creencias y opiniones que nos esclavizan. Ésta es la gran empresa de la vida, la tarea de la autoliberación, de lo que llaman el despertar y algunas tradiciones espirituales, la iluminación. Desde nuestra tradición filosófica y racional lo podemos llamar la conquista de la libertad, que tiene dos componentes, uno externo: las condiciones políticas que nos hagan posible el ejercicio de tomar decisiones sobre lo que queremos ser, pensar y hacer por nosotros mismos y sin coacción. Y, la dimensión interna, que sería la más relacionada con lo que aquí venimos narrando, la conquista de nuestro propio ser. Es decir, el liberarnos de todas esas cadenas que nos atan, inhibiendo nuestra libertad, y que se componen de creencias, opiniones y demás, que no nos pertenecen, pero que los hacemos nuestros y que, después, alimentan nuestras emociones o pasiones y éstas, por su parte, nos esclavizan. Se convierten en nuestras dueñas a las que seguimos fielmente. Hay algunos hasta que se sienten orgullosos por no cambiar de forma de pensar. Por mi parte, pronto aprendí en la vida que todo era dudoso, que la vida era, de alguna manera inexplicable para mí, sufrimiento y, además, sin contar con la palabra para ello, injusticia, porque era el poder del más fuerte contra el más débil. Y así lo vi, porque así lo sentí. Ello me llevó a padecer una especie de melancolía o tristeza que, en realidad, no era propia de mi carácter, que fundamentalmente era dinámico, activo, hoy incluso dirían hiperactivo, sin parar, curioso, emprendedor de aventuras por todo lo desconocido. Pero, muy pronto el mundo me presentó la cara del miedo y del sentimiento, que no concepto, no podía llegar a él, con lo cual el dolor es mayor, de injusticia y sin sentido. Nada tiene sentido si el débil está bajo el poder del fuerte, si los menos están sometidos a los más, si la razón está oculta bajo la fuerza. Supongo que todo ello creó en mí un sentido de la justicia muy acentuado. O, al menos, una sensibilidad ante la debilidad y el sufrimiento de los débiles que siempre ha sido una constante en mi vida. Ya volverá a salir este tema más pormenorizadamente.

Es muy curioso, que también en la infancia, tuviese una experiencia absolutamente contraria, en lo vivencial a la anterior. Mientras que la experiencia anterior me llevó al dolor y podemos llamar de contracción del alma, de conciencia del yo, la otra la podemos calificar de expansión. Fue una experiencia de Iluminación. Un elevarse por encima de los límites de los sentidos y del intelecto, una vivencia experiencial de la intuición. Asistía callado y perplejo a un debate en mi casa, la de mis padres, sobre si el universo era infinito o finito. El caso es que yo no había pensado nunca eso de lo infinito y poco a poco me fue embriagando un sentimiento de infinitud, de ausencia de límites, de Presencia, de Ser en todo, de eternidad. Era una experiencia, no algo captado pro los sentidos, ni, mucho menos pensado, el caso es que era una vivencia que me aportaba Paz, calma, Felicidad, seguridad, Sabiduría, Amor (en el sentido de Unidad y Armonía). Y esta sensación permaneció durante mucho tiempo, días o semanas, fue atenuándose, pero la podía sentir, e incluso manejar. Y, cuando me quedaba ensimismado, la recreaba. Creo que fue esta experiencia la que me dirigió hacia la senda del conocimiento y la sabiduría, mientras que la primera me dirigió hacia la de la búsqueda de la justicia social y la libertad. Tras algo más de cuatro décadas de estas dos experiencias he encontrado la unificación de los dos senderos, que en el fondo es uno. Es como marchar por un mismo camino, pero por un lado o por otro. Y, claro, si vas por un lado tienes una perspectiva de las cosas distinta y parcial que si vas por el otro. Lo que con el tiempo he descubierto es que ni si quiera hay camino y que hay una perspectiva global que excede los límites de los sentidos y el entendimiento, pero que todo el camino era y sigue siendo necesario. Sigue siendo necesaria la lucha por la justicia social, por ayudar a que cada cual encuentre su camino hacia la libertad y sigue siendo necesario el conocimiento, para combatir las supersticiones y el poder que se apoya en éstas. Son escalones necesarios y que conviene seguir cultivando, como el Bodhisawa budista, aunque uno sabe que es una visión parcial, dual y meramente aparente. Es como dar el salto al tercer nivel del conocimiento, la intuición, el amor intelectual de dios, que diría Spinoza, el ver desde la perspectiva de la eternidad. Pero uno sigue aquí. Este paso al nivel superior del conocimiento aúna el Amor con el conocimiento y tiene lugar la sabiduría. Es un estado, es la manifestación del Ser, es Presencia y de ello, como místico, no se puede hablar. Ahora bien, el hecho de acceder a ese nivel no quiere decir que los otros desaparezcan, al contrario, se integran y uno tiene la posibilidad de seguir actuando en ellos con esa sensación de “estar en el mundo, pero no ser del mundo”. Y esto es así porque el mundo el lo interpretado, lo que está bajo los límites de lo concepto, pero esto no existe, o existe relativamente, o parcialmente, como se quiera decir, sin caer en relativismos; mientras que en el Ser se Es, y es inefable.

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