El poder del escepticismo: pensamiento y libertad
Todo lo que tenga que ver con la ética,
tiene que ver con todos los seres humanos. Por eso es tan difícil tomar
decisiones en la vida, porque en la vida todo es ético y, en ética, no hay
problemas; que, quieras o no, tienen solución. En la vida, en la ética tenemos
dilemas, entre ellos y llevado al extremo, el del prisionero. Y, claro, tenemos
que tomar una decisión entre ambas partes del dilema sin que haya una solución
definitiva. Por eso, cada decisión es una creación de nosotros mismos. O, cada
acción, nos construye, por eso se dice aquello de: Somos hijos de nuestras
obras. O, mejor aún: somos nuestras obras.
Por eso sentimos ese desasosiego permanente. Nunca tendremos la información suficiente para decidir. Pero, si así fuera, eso no sería vida. Porque estar vivo es estar sumido en la incertidumbre, en el no saber. Aquellos que creen saberlo todo. Quienes están demasiado seguros son peligrosos. Suelen caer en dogmatismos y fanatismos. Y éste es el origen de la violencia. Porque el dogmático, por defecto, intenta imponer su verdad. Es necesario un sano escepticismo; el cual ha tenido muy mala prensa y ha sido confundido con el negacionismo o con el nihilismo. Tanto el uno como el otro son posturas dogmáticas. El escepticismo es elegir la forma difícil, pero la única auténtica de vivir: la duda. Vivir es dudar, dudar es vivir. En la duda no se está a gusto, porque no hay seguridades, ni certezas. Nos encontramos en el abismo. Y sólo contamos con tablas de náufragos para sujetarnos. Todo es conjetura, todo provisionalidad. Sólo tenemos la certeza de que vamos a morir, pero no nos la creemos; además, el momento es absolutamente incierto. Por eso, erróneamente, vivimos como si no fuésemos a morir.
"Filósofo en meditación" (1632) – Rembrandt
Paradójicamente, cada vez estamos menos
familiarizados con la enfermedad, la vejez y la muerte. Y gran parte de nuestra
vida es una respuesta al miedo a la muerte. Se nos infunde un cuidado
matemático, medido, del cuerpo y de las supuestas emociones (se les da de lado
o, simplemente, se las ignora, a aquellas llamadas negativas) y seguimos el
libro de instrucciones que se nos da desde el poder, siendo, como siempre,
obedientes y sumisos por miedo a la muerte.
Por eso digo que es una paradoja, pero
sólo aparente. Si se sabe mirar, uno se da cuenta de que se nos aleja de la
vida real y se nos vende, literalmente, una vida de fantasía en la que no
existen ni la tristeza, ni la cobardía, ni los celos, ni el odio, ni la
enfermedad, ni el deterioro físico, ni, por último, la muerte. Y se nos ofrecen
unas pautas: ejercicio, alimentación, sueño, revisiones médicas,… que si
seguimos alejan el fantasma de la muerte. Pero, no es así, las obedecemos.
Obedecemos al poder, sin que éste se vea implicado, aparentemente, simple y
llanamente por lo que lo hemos hecho siempre: por miedo y ese miedo procede de
la ausencia de pensamiento. Que, a su vez, exige valor. Porque, pensar siempre
es pensar contra el poder, contra lo que te oprime, contra lo que te obliga sin
dejar que tú tomes las riendas y, encima, lo hace por tu bien. es una inmensa
hipocresía para tenernos atados y bien atados; pero, lo peor de todo es que
obedecemos. La servidumbre humana voluntaria. Atrévete a pensar por ti mismo,
nos decía Kant que era el lema de la Ilustración, conócete a ti mismo, nos
decía Sócrates. Ambas cosas parten del sano escepticismo, de la duda y de no
tener miedo a ella. Pero, como insiste Kant, si tienes un oficial al que
obedecer, un político al que creer, un cura que te absuelve de tus
responsabilidades, un médico que te mande tu dieta,… para qué vas a pensar.
Hoy, todas esas formas de poder están reducidas a una: el poder económico. Nos
quieren sanos, como robots (no sé qué miedo hay a la IA, si nosotros somos la
IA más perfecta que hay), para que produzcamos, para que seamos eficaces.
Y, si uno piensa, lo primero que hace es
“pararse”; porque el acto de pensar necesita parar y tomar distancia. Y esto es
desobedecer, romper el ritmo de producción. El que se para y piensa y, más aún,
no obedece las consignas del Poder, está enfermo. Hoy ya no hay mal moral;
ahora se dice que uno está enfermo cuando más sano está, cuando es Libre,
cuando está vivo.
Vivimos bajo un manto de totalitarismo inconsciente que se alimenta de nuestra ignorancia y nuestro miedo y que nos ofrece píldoras de salvación: el autocuidado, la espiritualidad new age, que alimenta nuestro narcisismo; vamos, que va en la dirección contraria de la sana espiritualidad. Nada que ver con Simone Weil que vivía, no sólo en su pensamiento y voluntad, sino en la misma acción, las penurias del otro, porque el otro es otro como yo. Ahora, es de risa, por no llorar, se medita, si a eso se le puede llamar meditación, que esa es otra, la neolengua, para eliminar el estrés y la ansiedad que la misma sociedad te produce al considerarte mercancía, no un ser humano. La sociedad, el Poder, te enferma y te da la pastilla, ya sea a modo de indicaciones de alimentación, mindfulness o la pastilla química tradicional. Muchas de ellas producen adición, con lo cual hay una cadena que te ata, o si no crean adicción, el mero miedo es la adicción. Todos padecemos el poder y, a la vez, les resultamos la mar de rentables; porque somos, a su vez, el vehículo de transmisión de la misma ideología del poder que nos domina. Y lo hacemos desde la ignorancia. Esto se ve de forma directa entre el profesorado y la clase médica. Pero está en todos lados. Incluso los que se creen disidentes y acusan a los poderes que producen guerras. Este activismo, que se cree libre, es combustible para la guerra. También obedecen consignas y representan su papel. Pensar y ser libre te lleva a la soledad y el silencio. Y, la soledad, en tanto que somos animales sociales, es difícil de soportar; a menos que uno sea lo suficientemente libre y haya vencido el miedo a la inseguridad, a que todo es conjetural, que de todo se puede y se debe dudar. Que vivir es desvivirse, no que te vivan. Pensar es despojarse de todo lo ajeno (desvivirse) y construirse desde el yo soy. y este yo, ni es narcisista, ni egocéntrico. Es el nosotros. Lo común a todos los seres sintientes. Lo universal que es la VIDA y se expresa en lo particular: los múltiples modos de ser que tiene esa VIDA.
"El sueño de la razón produce monstruos" (1799) – Francisco de Goya



Efectivamente nada somos sin la dudas sino títeres que se aferran ciegamente a sus hilos. Es por esto que interesa tanto al poder vendernos falsas certezas y seguridades vacías.
ResponderEliminarY sobre todo que no paremos a pensar, no sea que les pongamos un palo en la rueda.