lunes, 9 de febrero de 2026

 

Mystery Babylon

El Libro Rojo, Liber Novum, y su proyección.

La vida es pasar. La muerte, también. Pero la muerte es el paso de la Unidad meramente formal, estructural, nominal… a los muchos, la pluralidad, diversidad, la singularidad; que, a su vez, son unidades meramente nominales: bacteria, célula,... Lo común a todo ello es que no hay un yo substancial que permanezca. Ese yo es una impresión, una experiencia, una percepción del cambio que es todo lo que hay: la VIDA.

9 de febrero de 2026

Jung, con su Libro Rojo o Novum liber, abre muchos campos. Es un libro objetivo, pero tremendamente subjetivo. Más bien, la objetividad científica surge de la experiencia subjetiva, al límite, que vive Jung. De esta manera se convierte en un libro del que emanan los conceptos objetivos del sistema de la Psicología Analítica, y, por otro lado, se muestra la vivencia que su creador, el médico psiquiatra Jung, tiene internamente, en diálogo con el inconsciente, dirigido por el Self y configurando el yo en el proceso de individuación. Siempre caminando en la cuerda floja de no caer en las profundidades del yo identificado con algún arquetipo o en la escisión con lo humano si vivencia el Yo Soy o Self como única realidad y se separa del ámbito humano. Este libro es una invitación a realizar un proceso de autoconocimiento, que, a su vez, es un conocimiento de la Historia y de la naturaleza humana; pero una invitación que, de ser aceptada, uno debe asumir los riesgos que corre su equilibrio mental.

El encuentro con el Sí Mismo, sin dejar de ser un yo, la Unidad y la pluralidad, la segunda en la primera. Lo que es el proceso de individuación y el encuentro con la sombra, individual y colectiva no son bromas. También es una propuesta de buscar un sentido tras la muerte de Dios que Nietzsche, con gran acierto anunció y nos avisó de lo que se nos avecinaba. Es decir, es un camino psicológico, ético, político y espiritual en el cual el individuo, como universal ser humano, como particular que alberga lo universal, toma sentido de sí y de los conflictos en los que nos encontramos que no son más; o, ni más ni menos, que un nihilismo extremo, un vacío de consciencia, una soledad tremenda llena de dolor y sufrimiento, desasosiego, narcisismo, competitividad, consumo de objetos (virtuales) y de emociones y personas que ya no se consideran como tal, sino como objetos.


Paranoid Erik Vitsoe

Me he dado cuenta, releyendo a Jung y algunos libros sobre Jung, de que hay una propuesta, aunque, a mi modo de ver, él no propone nada, pero de su análisis, podemos encontrar extraer una matriz universal de comprensión de lo subjetivo y lo universal. Y, lo interesante es que se conserva lo singular en lo universal. Y, ambos son procesos, no cosas. No hay nada terminado. Todo está en construcción. Lo que sí tenemos es una estructura, pero dinámica, nunca definitiva. Y esto último es de gran importancia.

Dios ha muerto, pero no tenemos que perder el sentido ni individual, ni colectivamente. Ahora bien, ya no podemos ser sujetos pasivos. Hemos de construirnos psicológica, ética y espiritualmente. Esta construcción, que es un conocimiento de sí, de la psique y su dinamismo, nos cambia y cambia el mundo. Y es integradora, precisamente porque Jung lo va construyendo a través de una integración: la cultura occidental, la ciencia, la medicina y la psiquiatría, la neurología. Pero, también, la mitología de todo el mundo, las diferentes expresiones culturales y su culminación espiritual. De América, África y, sobre todo, Asía, el subcontinente indio, y algo de China, eso sí, lo más importante: el I Ching, y el taoísmo, tanto el filosófico como el alquímico.

Creo que para el occidental es una buena guía, que cada cual recorrería a su manera y que tendría como último fin: lo social o lo político entendido como vida en la Polis. Somos animales sociales y nos construimos a través de las relaciones con los demás. Eso sí, nuestra individualidad y autonomía, nos hace, siguiendo a Kant, que seamos sociablemente insociables y/o la inversa. El equilibrio, que para cual es distinto, el caso es no ser absorbido por ninguno de los extremos, entre la autonomía y la sociabilidad es nuestra salud. Y, nuestra salud es la de la sociedad y a la inversa. La sociedad puede estar enferma, como es el caso: poder arbitrario, ausencia de valores salvo el mercantil, ideologías erróneas y que hacen sufrir y que el Poder transmite porque es su interés, competitividad,…; pero si no sanamos nosotros, simplemente seremos vasallos, siervos voluntarios… La apuesta por nuestra individuación, por enfrentarnos a la sombra… es una vía de autoconocimiento, individual y colectiva a la par, sin dogmas, sin ideologías, dinámica, un proceso siempre dinámico. Pero un proceso de autoliberación y de liberación social. Todo lo que ocurre en el individuo, ocurre en la sociedad; y lo mismo en la dirección contraria.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que, por muy dinámica que sea esta estructuro y este proceso, y que la individuación te lleve a lo universal, a unos de una manera, a otros de otra y que se requiere coraje, valentía, paciencia, ética, disciplina, concentración, meditación y reflexión; es decir, las virtudes clásicas o cardinales; es sólo un mapa, con palabras que son conceptos, ideas. Ni el mapa es lo real, ni las ideas tienen correspondencia. Son la maravilla de la creación humana; pero que, tarde o temprano, también hemos de abandonar.


Plaza de la Comnstitución, Ciudad de Oaxaca. México


jueves, 5 de febrero de 2026

Goya. Paseo del Santo Oficio

Libertad frente a obediencia y servidumbre


Hoy me he levantado obsesionado (más bien una intuición de algo que quiero decir; pero que no es aún ni una imagen, menos un concepto. Sin embargo, hay una idea por debajo, que intuyo y me muestra algo) con Goya y El Gran Inquisidor de Dostoievski.

El tema es la Libertad. Pero, también, que el hombre no la desea, prefiere embrutecerse creyendo ser feliz y es dominado por otros de forma arbitraria; incluso en las llamadas democracias. Como muy bien analiza Chul Han. La libertad es un regalo y, a la vez, un quehacer. Un quehacer que, a algunos, se les convierte en una carga. Prefieren la rutina, obedecer, no decidir y, pensar, que así son felices, pero eso no es felicidad. Ni la felicidad es el objeto de la vida, sino la dignidad. Encima, se confunde felicidad con bienestar a base de tener. Si hablásemos de felicidad en términos de Aristóteles o los estoicos, epicúreos, … entonces sí merecería la pena. Porque, aquí, la felicidad está ligada a la virtud, no al tener, poseer, consumir. El Gran Inquisidor le dice a Jesús al final:

“El hombre no quiere ser libre; quiere ser feliz. Y la libertad lo destruye.”

Es muy paradójico porque, en principio, el Gran Inquisidor también quiere salvar al hombre, pero a la fuerza y haciendo uso del miedo a la libertad que el hombre tiene y a preferir la servidumbre voluntaria: obedecer. Así, el hombre se comportaría como rebaño y sería conducido fácilmente. Pero ¿Qué pasaría si el hombre es libre, si piensa por sí mismo, si exige su dignidad?

El Inquisidor lo deja en libertad y Jesús se despide con un beso en los labios y se marcha. Jesús le ofrece la libertad al mismo Inquisidor.

Esto, no sólo es un dilema en la religión, sino, también, en toda forma de vida social, ética y política humana. Y esto, a mi modo de ver, y por desgracia, explica gran parte del mal en la Historia. La Historia de barbarie y genocidios del siglo XX, la Historia de decadencia, colapso, indiferencia, mirar para otro lado, el todo vale, la posverdad,… de lo que llevamos del siglo XXI. el hombre es hombre-masa y se disuelve en la obediencia líquida, como si no obedeciera a nadie. Se aísla en su narcisismo, se hunde en su nihilismo. Por eso enferma, desea compulsivamente, todo en él es desasosiego (Dukka o sufrimiento). Pero sigue renegando de su libertad, aunque ni lo sepa. Ni piensa por sí mismo, ni si quiera, piensa. Y, sin pensamiento, no hay libertad. Pero, ay, la libertad es tarea, es autoconstrucción. Demasiado costosa. Además, te aísla del grupo, de los que obedecen y se burlan del que piensa. La masa sólo actúa bravuconamente, en tanto que masa, pero se compone de individuos cobardes. Por eso forman un grupo, una masa que obedece consignas y desde ese pedestal se creen libres y seres pensantes. Pero, no, no nos engañemos, el hombre quiere seguridad frente a libertad. Pero, la seguridad, exige obedecer, por eso no se piensa y se obedece. Si pensamos no obedecemos nada que anule nuestra dignidad. Es más, si se piensa, sólo nos obedecemos a nosotros mismos. A una sociedad de hombres libres.

Goya. Saturno devorando a sus hijos.

La cuestión es si seremos capaces de formar una comunidad de hombres libres. Como el hombre no tiene naturaleza fija, no podemos decir que tenga libertad por naturaleza. Más bien lo contrario. El hombre tiene miedo y éste alimenta su instinto de supervivencia y obedece por miedo, declina su libertad por la “seguridad” que se le ofrece. Por eso nos dice Dostoievski:

“Nada ha sido para el hombre más insoportable que la libertad.”

Y, el Gran Inquisidor acusa a Jesús:

“Tú les diste libertad, y con ella les diste un tormento eterno.”

Sin embargo, la iglesia y toda forma de poder ofrece la superstición, el milagro, el misterio-superstición y la autoridad fundada en el miedo. Por eso Dostoievski no habla sólo del cristianismo, ni de la religión en general. Habla del hombre y su naturaleza. De nuestras contradicciones. De la vida, que no es lógica, sino paradójica y que, sin tener solución, tenemos que actuar sin certeza alguna. Y, si somos libres, actuamos según pensamos, pero eso da un poco o mucho miedo. Mejor es obedecer y desentenderse. Es nuestra tendencia. Es, digamos, la entropía moral humana. Por eso el Gran Inquisidor afirma, de forma terrible:

“Ellos se alegrarán de ser conducidos como un rebaño.”

El hombre quiere seguridad y pan. Y, para ello, ha de obedecer. Incluso puede llegar a matar, o hacer la vista gorda, o justificarlo por un supuesto bien común.

Este problema, dilema, paradoja,… lo tenemos ante nuestras narices y, según parece, el Inquisidor acierta y Jesús (y muchos otros) ofrecen la libertad, pero no es acogida (por eso muere, al igual que Sócrates). Hoy obedecemos más que nunca y nos estamos disolviendo en un mundo virtual de deseos narcisistas y ahondando en nuestro sin sentido, nuestro nihilismo.

A lo mejor, se me ocurre, la salida sería tomar consciencia de que somos humanidad: uno en la multiplicidad de lo diferente. Así, en tanto que humanidad sería más fácil ejercer la libertad sin obedecer a ninguna instancia superior. Simplemente, a lo que somos en tanto que seres vivos, psicológicos, biográficos, humanos, en comunidad y unidad con el resto de la tierra y, en última instancia, del universo, del cual somos producto y autoconsciencia.



 

miércoles, 4 de febrero de 2026


El vacío humano

Así es. Lipovestky lo vio muy claro y muy bien. Lo que es el sinsentido después de la muerte de Dios. La razón como diosa. Pero una razón reduccionista, mecanicista, cientificista, mercantilizada… Todo ello convierte al hombre en objeto, en bien de uso, intercambiable, indiferenciable. El hombre se siente vacío De todas formas, nada sale de la nada. Eso se venía ya diciendo desde la escuela de Frankfurt (Teoría crítica de la Ilustración. Muy centrada en el arte, Adorno, uno de los principales), desde el existencialismo; sobre todo A. Camus, luego vinieron, en los mismos ochenta, los que querían establecer una filosofía definitiva, como han querido muchos filósofos. Se creó el pensamiento único, que era una sustitución de Dios y una instauración del neoliberalismo y de la superioridad de la civilización Occidental blanca y cristiana. Mi crítica al pensamiento único iba a los cimientos. El pensamiento si es único, no es pensamiento, es dogma. Una verdad inventada como en 1984. El pensamiento es diálogo y disidencia y se dirige contra el poder.

Por otro lado, antropológicamente, el vacío humano, después de la segunda guerra mundial "¿Dónde estaba Dios cuando el genocidio?" se preguntaba un teólogo protestante que fue ajusticiado por el régimen nazi, dio lugar a una ausencia de valores. Ante esa ausencia fue apareciendo el valor del tener sobre el del ser. Se extiende hasta hoy en día; pero hoy el tener, que siempre es inaccesible, se ha vuelto fugaz, casi impalpable, existe más virtualmente que físicamente. El deseo se crea y cuando se empieza a satisfacer físicamente, nos decepciona; porque lo virtual nos parece más real que lo físico. Es lo sensual que tiene un móvil lo que lo hace apetecible. Pero esa sensualidad retórica desaparece rápido físicamente y el mecanismo del deseo emerge de nuevo.

La aceleración del deseo nos hace perder nuestra identidad; porque ya no nos demoramos en el tiempo, al revés, nos lo saltamos. Vivimos proyectados en un futuro virtual que crea realidades que nosotros no podemos seguir y nos produce enfermedad. Simplemente estamos diseñados psicobiológicamente para otra cosa. Correr, andar, trotar, planificar la caza, comer. Sestear a la sombra de un árbol o al abrigo de una cueva. Jugar y reír mucho. No competir con nadie. No existe eso en nuestro cerebro. Demorarse, lo llama Chul Han, Heidegger y los budistas. Uno, paradójicamente, vive en el tiempo, en el presente, cuando se para, cuando contempla, cuando no hace nada...se demora. Va como de puntillas, delicadamente, degustando a través de los sentidos todo lo que le aparece, sin pensar en pasado ni futuro; porque no tienen existencia... Recuperar ese estado es la salvación que tenemos y eso no es cambiar de políticos. Es cambiar nosotros para que todo cambie.