miércoles, 4 de febrero de 2026


El vacío humano

Así es. Lipovestky lo vio muy claro y muy bien. Lo que es el sinsentido después de la muerte de Dios. La razón como diosa. Pero una razón reduccionista, mecanicista, cientificista, mercantilizada… Todo ello convierte al hombre en objeto, en bien de uso, intercambiable, indiferenciable. El hombre se siente vacío De todas formas, nada sale de la nada. Eso se venía ya diciendo desde la escuela de Frankfurt (Teoría crítica de la Ilustración. Muy centrada en el arte, Adorno, uno de los principales), desde el existencialismo; sobre todo A. Camus, luego vinieron, en los mismos ochenta, los que querían establecer una filosofía definitiva, como han querido muchos filósofos. Se creó el pensamiento único, que era una sustitución de Dios y una instauración del neoliberalismo y de la superioridad de la civilización Occidental blanca y cristiana. Mi crítica al pensamiento único iba a los cimientos. El pensamiento si es único, no es pensamiento, es dogma. Una verdad inventada como en 1984. El pensamiento es diálogo y disidencia y se dirige contra el poder.

Por otro lado, antropológicamente, el vacío humano, después de la segunda guerra mundial "¿Dónde estaba Dios cuando el genocidio?" se preguntaba un teólogo protestante que fue ajusticiado por el régimen nazi, dio lugar a una ausencia de valores. Ante esa ausencia fue apareciendo el valor del tener sobre el del ser. Se extiende hasta hoy en día; pero hoy el tener, que siempre es inaccesible, se ha vuelto fugaz, casi impalpable, existe más virtualmente que físicamente. El deseo se crea y cuando se empieza a satisfacer físicamente, nos decepciona; porque lo virtual nos parece más real que lo físico. Es lo sensual que tiene un móvil lo que lo hace apetecible. Pero esa sensualidad retórica desaparece rápido físicamente y el mecanismo del deseo emerge de nuevo.

La aceleración del deseo nos hace perder nuestra identidad; porque ya no nos demoramos en el tiempo, al revés, nos lo saltamos. Vivimos proyectados en un futuro virtual que crea realidades que nosotros no podemos seguir y nos produce enfermedad. Simplemente estamos diseñados psicobiológicamente para otra cosa. Correr, andar, trotar, planificar la caza, comer. Sestear a la sombra de un árbol o al abrigo de una cueva. Jugar y reír mucho. No competir con nadie. No existe eso en nuestro cerebro. Demorarse, lo llama Chul Han, Heidegger y los budistas. Uno, paradójicamente, vive en el tiempo, en el presente, cuando se para, cuando contempla, cuando no hace nada...se demora. Va como de puntillas, delicadamente, degustando a través de los sentidos todo lo que le aparece, sin pensar en pasado ni futuro; porque no tienen existencia... Recuperar ese estado es la salvación que tenemos y eso no es cambiar de políticos. Es cambiar nosotros para que todo cambie.






 

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