Hoy me he levantado obsesionado (más bien una intuición de
algo que quiero decir; pero que no es aún ni una imagen, menos un concepto. Sin
embargo, hay una idea por debajo, que intuyo y me muestra algo) con Goya y El
Gran Inquisidor de Dostoievski.
El tema es la Libertad. Pero, también, que el hombre no la
desea, prefiere embrutecerse creyendo ser feliz y es dominado por otros de
forma arbitraria; incluso en las llamadas democracias. Como muy bien analiza
Chul Han. La libertad es un regalo y, a la vez, un quehacer. Un quehacer que, a
algunos, se les convierte en una carga. Prefieren la rutina, obedecer, no
decidir y, pensar, que así son felices, pero eso no es felicidad. Ni la
felicidad es el objeto de la vida, sino la dignidad. Encima, se confunde
felicidad con bienestar a base de tener. Si hablásemos de felicidad en términos
de Aristóteles o los estoicos, epicúreos, … entonces sí merecería la pena.
Porque, aquí, la felicidad está ligada a la virtud, no al tener, poseer,
consumir. El Gran Inquisidor le dice a Jesús al final:
“El hombre no quiere ser libre; quiere ser feliz. Y la
libertad lo destruye.”
Es muy paradójico porque, en principio, el Gran Inquisidor
también quiere salvar al hombre, pero a la fuerza y haciendo uso del miedo a la
libertad que el hombre tiene y a preferir la servidumbre voluntaria: obedecer.
Así, el hombre se comportaría como rebaño y sería conducido fácilmente. Pero
¿Qué pasaría si el hombre es libre, si piensa por sí mismo, si exige su
dignidad?
El Inquisidor lo deja en libertad y Jesús se despide con un
beso en los labios y se marcha. Jesús le ofrece la libertad al mismo
Inquisidor.
Esto, no sólo es un dilema en la religión, sino, también, en toda forma de vida social, ética y política humana. Y esto, a mi modo de ver, y por desgracia, explica gran parte del mal en la Historia. La Historia de barbarie y genocidios del siglo XX, la Historia de decadencia, colapso, indiferencia, mirar para otro lado, el todo vale, la posverdad,… de lo que llevamos del siglo XXI. el hombre es hombre-masa y se disuelve en la obediencia líquida, como si no obedeciera a nadie. Se aísla en su narcisismo, se hunde en su nihilismo. Por eso enferma, desea compulsivamente, todo en él es desasosiego (Dukka o sufrimiento). Pero sigue renegando de su libertad, aunque ni lo sepa. Ni piensa por sí mismo, ni si quiera, piensa. Y, sin pensamiento, no hay libertad. Pero, ay, la libertad es tarea, es autoconstrucción. Demasiado costosa. Además, te aísla del grupo, de los que obedecen y se burlan del que piensa. La masa sólo actúa bravuconamente, en tanto que masa, pero se compone de individuos cobardes. Por eso forman un grupo, una masa que obedece consignas y desde ese pedestal se creen libres y seres pensantes. Pero, no, no nos engañemos, el hombre quiere seguridad frente a libertad. Pero, la seguridad, exige obedecer, por eso no se piensa y se obedece. Si pensamos no obedecemos nada que anule nuestra dignidad. Es más, si se piensa, sólo nos obedecemos a nosotros mismos. A una sociedad de hombres libres.
La cuestión es si seremos capaces de formar una comunidad
de hombres libres. Como el hombre no tiene naturaleza fija, no podemos decir
que tenga libertad por naturaleza. Más bien lo contrario. El hombre tiene miedo
y éste alimenta su instinto de supervivencia y obedece por miedo, declina su
libertad por la “seguridad” que se le ofrece. Por eso nos dice Dostoievski:
“Nada ha sido para el hombre más insoportable que la
libertad.”
Y, el Gran Inquisidor acusa a Jesús:
“Tú les diste libertad, y con ella les diste un tormento
eterno.”
Sin embargo, la iglesia y toda forma de poder ofrece la
superstición, el milagro, el misterio-superstición y la autoridad fundada en el
miedo. Por eso Dostoievski no habla sólo del cristianismo, ni de la religión en
general. Habla del hombre y su naturaleza. De nuestras contradicciones. De la
vida, que no es lógica, sino paradójica y que, sin tener solución, tenemos que
actuar sin certeza alguna. Y, si somos libres, actuamos según pensamos, pero
eso da un poco o mucho miedo. Mejor es obedecer y desentenderse. Es nuestra
tendencia. Es, digamos, la entropía moral humana. Por eso el Gran Inquisidor
afirma, de forma terrible:
“Ellos se alegrarán de ser conducidos como un rebaño.”
El hombre quiere seguridad y pan. Y, para ello, ha de
obedecer. Incluso puede llegar a matar, o hacer la vista gorda, o justificarlo
por un supuesto bien común.
Este problema, dilema, paradoja,… lo tenemos ante nuestras
narices y, según parece, el Inquisidor acierta y Jesús (y muchos otros) ofrecen
la libertad, pero no es acogida (por eso muere, al igual que Sócrates). Hoy obedecemos
más que nunca y nos estamos disolviendo en un mundo virtual de deseos
narcisistas y ahondando en nuestro sin sentido, nuestro nihilismo.
A lo mejor, se me ocurre, la salida sería tomar consciencia
de que somos humanidad: uno en la multiplicidad de lo diferente. Así, en tanto
que humanidad sería más fácil ejercer la libertad sin obedecer a ninguna
instancia superior. Simplemente, a lo que somos en tanto que seres vivos,
psicológicos, biográficos, humanos, en comunidad y unidad con el resto de la
tierra y, en última instancia, del universo, del cual somos producto y
autoconsciencia.


Si somos libres tenemos que actuar con responsabilidad y asumir que en el uso de la libertad acertamos y erramos.
ResponderEliminarEl narcisimosmo que mencionas se manifiesta claramente en no querer reconocer los errores, en echar balones fuera, en culpar a otros, por ejemplo a aquellos que conducem el rebaño.
Es complicado seguir la letra de Marea que dice que nunca siguióal rebaño porque no el pastor no el amo eran gente de fiar.
Esa letra es un canto a la libertad, al pensamiento, a asumir que los poderosos no son de fiar y que hay que mantener nuestro camino en el sendero de la búsqueda de criterio propio, de pensamiento crítico, de mirada clara, sin filtros. Pero claro eso es costoso, incómodo, no genera nada material así que mejor agachar la cabeza, pastar junto al rebaño y seguir al pastor y al amo aunque nos den con el cayado el lomo cuando les venga en gana.
Tal vez ver esto nos haga más libres, más dignos y más responsables con Lo Que Es, intersiendo, formando parte del cuenco y el te, del desapegado fluir.